Vivir en Whatsapp

By on noviembre 13, 2013

Cuando vi por vez primera un Ipad pensé lo mismo que muchos: ¿para qué quiero un iphonsote si hace lo mismo que mi celular y ocupa tanto espacio? Evidentemente, estaba equivocado como muestran las millones de tabletas que se venden cada año. Tiempo después pasó algo similar con Twitter, esa plataforma que muchos despreciaban por su brevedad y que hace unos días debutó de forma extraordinaria en la bolsa de Nueva York. Porque en la tecnología las transformaciones no son evidentes al nacer y el potencial de una herramienta la determinan sus creadores, pero sobre todo, los usuarios y el tiempo.

La reflexión viene a cuento por lo que ocurre hoy con WhatsApp. No sé ustedes, pero hoy no paso un solo día sin sostener largas conversaciones en esa plataforma. Convertida por la vía de los hechos en la mejor red social privada, WhatsApp se ha transformado en un espacio importante para las relaciones. Planteada originalmente como un servicio de mensajería, la herramienta –que superó desde junio los 250 millones de usuarios activos al mes– ha cubierto huecos dejados por otros medios sociales.

Entre ellos, la selección simple y sin rollos de quién puede ver qué. Ahí cada usuario decide qué comparte con quién y por la gracia de la creación de grupos, se ha articulado la vida social en torno a esos pequeños colectivos. La familia, los amigos más cercanos, los compañeros del trabajo o cualquier otro segmento con el que se quiera compartir pueden estar al alcance de la mano. Enviar contactos, ubicaciones, fotos, videos, audios o textos es lo más sencillo; la sensación de privacidad es alta, permite un intercambio rápido o lento y mantiene la calidez de los espacios de mensajería.

Pero hay algo más de fondo en toda esta experiencia y es el hecho de que nunca se terminan las conversaciones. Las pláticas pueden ser breves pero también pueden durar días, semanas o meses. Al menos yo participo en varios grupos en los que ya no hay sensación de hora de inicio ni de fin. Los participantes están en husos horarios distintos, pero para fines prácticos es irrelevante porque la plática siempre continúa. Las distancias físicas se acortan hasta casi eliminarse. Compartimos el día a día con la misma naturalidad con la que nos relacionamos con quienes habitamos en los mismos espacios físicos.

Y es esa dinámica la que produce una sensación de eterna compañía. Si el TL de Twitter puede ser abrumador al estar siempre en movimiento, el grupo de WhatsApp puede ser la plataforma para estar permanentemente acompañados.

¿Qué implicaciones tiene esta herramienta? ¿Cómo ha fortalecido relaciones de amistad o familiares? ¿Qué efectos psicológicos tendrá el sostener tantas conversaciones de forma simultánea, incluso con estados de ánimos contradictorios? Porque en el mundo físico uno suele estar de buenas o de malas, pero no al mismo tiempo como ocurre en este limbo virtual en el que se pueden sostener pláticas amorosas, laborales o amistosas simultáneas, con una persona o con un grupo.

Quizá al paso de los años veamos que WhatsApp no hace por sÍ misma nada distinto a lo que otras redes hacían, pero por el tiempo que nos consume y la profundidad de la experiencia, tal vez un día descubramos que era un cambio mayor del que no éramos del todo conscientes. ¿O ustedes qué opinan?

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MarioCampos

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