Viejo, las muchas vidas del libro

By on julio 26, 2012
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Texto por Diego Rabasa
Fotos por Jonathan León

Y en el comienzo estaba La Lagunilla… éste sería el génesis de casi todas las maravillosas historias que hay detrás de las librerías de viejo de esta ciudad. El mercado tepiteño de antigüedades fue uno de los primeros espacios en los que el comercio de libros usados se convirtió en una entrañable práctica comercial a la que rápidamente se acercaron lectores de muy diversos tipos en nuestra ciudad. Hoy, no sólo ocupan una de las calles más tradicionales del Centro Histórico, estamos hablando de Donceles por supuesto, sino que han esparcido su zona de influencia y vemos estupendas librerías de viejo en la Roma, en la Condesa, en Coyoacán y en muchísimos destinos más como Azcapotzalco o Tlalpan. Nos centraremos en algunas de las más emblemáticas o tradicionales, pero más que resaltarlas, nuestro propósito es atraer la atención de nuestros lectores al enigmático y fascinante mundo de los libros antiguos, y a la importancia que tienen para preservar el acervo cultural y literario de nuestra lengua. Si después de transitar por estas páginas, sienten la curiosidad de detenerse a mirar los puestos que hay a la salida de muchas estaciones del Metro, en las facultades de las universidades, en los tianguis ambulantes o, mejor aún, de visitar alguna de las librerías de viejo de esta ciudad, no dejen de conversar con sus libreros: testigos ejemplares de cómo, a pesar de la seria amenaza que supone la determinación con la que hemos frivolizado nuestras vidas, los libros, los buenos libros, encontrarán siempre la manera de seguir transmitiendo sus ideas a nuevos lectores de una u otra manera.

Librerías de viejo, ¿por y para qué?
El tiempo es, según George Orwell, el único y verdadero guardián de la calidad. En el caso de los libros, éste es un filtro muy preciso: mientras que los años arrasan con las publicaciones de moda que tienen como único fin la mercantilización de las ideas, los buenos libros, los grandes autores, sobreviven los recambios generacionales y observan cómo pasan una a una las ediciones que tratan de actualizar el contenido a las necesidades estéticas y comerciales de cada época. El mundo (porque es todo un universo propio) de las librerías de viejo en el DF es una muestra fehaciente de lo anterior. Desde que a mediados del siglo pasado la familia López Casillas pusiera la primera librería de este tipo en la calle de Donceles, el mundo del libro antiguo se ha mantenido con asombrosa consistencia soportando los embates de un modelo social que tiende a hacer desaparecer la oferta comercial que no pasa por las “leyes” de la mercadotecnia. En cada una de las librerías que visitamos para este reportaje, nos encontramos con una historia de vida unida de forma épica y casi amorosa a los libros. La idea del librero como un intermediario entre los editores y los lectores sobrevive, casi exclusivamente, en espacios de este tipo. Lejos de presiones de grandes sellos editoriales o de criterios de rentabilidad que favorecen a las superventas, estas librerías no sólo representan un oasis cultural que lucha contra la starbucksización –la homogeneización de las ideas y los espacios de libros–, sino que se acercan a las capacidades económicas de una clase media lastimada por décadas de rezago económico. Contrario a lo que podríamos pensar, la clientela es mayoritariamente joven. Están, claro, los exquisitos y eruditos fetichistas dispuestos a gastarse varias decenas de miles de pesos en una primera edición de El Quijote, pero las librerías se sostienen de los libros que compran estudiantes y profesores para quienes las novedades editoriales resultan prohibitivas por sus precios.

El paseo por el que están a punto de acompañarnos, es un viaje en el tiempo que nos acerca a una de las más nobles profesiones existentes. Iremos a la célebre calle Donceles, a la mítica Antigua Madero Librería (que este año estrena nueva ubicación), a las librerías de la colonia Roma y la famosa Torre de Lulio en la Condesa. La extrema lucidez y determinante pasión que mueven esta industria quizá expliquen por qué en otros países este oficio tiene un papel mucho más relevante en la escena cultural. En Francia los famosos Bouquinistes de París que pueblan las orillas del Sena son un ejemplo de ello. Los envidiables espacios comerciales que el acuerdo firmado por el presidente francés Jacques Chirac les otorgó en 1993, muestra el cariño que los parisinos tienen por los libros antiguos. En España la Libreros de Viejo conecta la enorme mayoría de las librerías de este corte en el país con una asombrosa eficiencia. Su labor es vista como esencial para la diversidad bibliográfica y por ende su aportación a la cultura española es central. En el Reino Unido portales como Abebooks.com, se han convertido en un referente mundial para el comercio de libros antiguos y hoy en día vende libros descontinuados, raros o con firmas de los autores (el ejemplar más caro del año fue uno de las Crónicas marcianas con el autógrafo de Ray Bradbury). Aunque en México no hay una organización con los alcances de las mencionadas anteriormente, los libreros de viejo tienen un importante papel dentro de la comunidad lectora de nuestro país y recibirán, por nuestra parte, un pequeño pero muy merecido homenaje en esta edición de Frente.

Una ventana al mundo de las librerías de viejo

Antigua Madero Librería
Con la elocuencia y articulación que da al buen conversador una vida de lectura ininterrumpida, Enrique Fuentes Castilla, dueño de la legendaria Antigua Madero Librería, charló con nosotros sobre el noble negocio que encabeza. Nos contó sobre el tipo de material en el que se especializa dejando asomar en cada oportunidad, el amor profundo que siente por estos objetos repletos de historia y conocimiento.

por: Pablo Ortiz Águila

¿Buenas tardes señor Fuentes, me da su nombre completo?
Te lo vendo. Enrique Fuentes Castilla… échale un veinte (risas).

¿De cuándo data la librería, cuál es su origen?
La librería ha sido dos veces fundada, la primera en los años treinta, por los españoles republicanos que llegaron en 1939. Luego se rehízo en 1951 por don Tomás Espresarte, fundador también de la editorial Era.

¿Cuáles son sus características, qué la distingue?
Se trata de una librería de tertulia para los españoles republicanos de la época mediante la cual se aseguraban una forma de comunicación. Estaba, desde luego, en la calle de Madero. Ahora la acabamos de reabrir en Isabel La Católica esquina con San Jerónimo. Su nuevo nombre es Antigua Madero Librería, desde mayo de este año.

¿Por qué cambiaron de domicilio?
Por culpa de unas señoras muy malas llamadas rentas… Nos tuvimos que mudar como producto de una problemática que se gesta por una convocatoria de orden social, cuando, al volverse Madero una calle peatonal, dejó de atraer la clientela propia de una librería como la nuestra.

¿Le preocupa o afecta la popularización del libro electrónico?
No, no nos afecta porque el tipo de producto que manejamos está dirigido a un segmento muy pequeño de la población. Manejamos libros de temas selectos de Arte, Antropología, Arqueología e Historia de México; es decir, nosotros manejamos un libro fuera de serie, fuera del orden y del progreso tecnológico, dígase internet o computadoras. La nuestra es una librería de viejo, término que no me parece muy adecuado por ser un tanto peyorativo, de lance, ya casi no se usa; para mí el término correcto tendría que ser el de librería anticuaria, en la inteligencia de que manejamos libros que no se encuentran fácilmente.

¿Tienen una clientela muy específica?
Efectivamente, tenemos una clientela y un prestigio bien ganado a lo largo de los años. El noventa y nueve por ciento de los libros que vendemos tienen que ver con asuntos mexicanos.

¿Qué opina de las librerías de libros nuevos?
Las respeto mucho, aunque nosotros ofrecemos un trato diferente. Ofrecemos la posibilidad de un diálogo con el comprador, no sólo se está frente a un individuo que despacha libros. Aquí nos gusta saber quién los compra, quién se los lleva, ya sea un libro de 30 pesos o un libro de 20 mil, para nosotros el cliente es igualmente digno. Por otro lado, los libros que manejamos están fuera de los apetitos de consumo de las “novedades”.

¿Venden muchos libros?
En este concepto la palabra mucho no existe. Cuando nos va bien vendemos dos libros y cuando no, no vendemos nada.

¿Cuál es su libro más valioso?
El mío (risas)… [y responde sin chistar] Pedro Páramo y alguno que otro que no es conveniente mostrar porque se dejan venir todos… baste decirle 1571.

¿Es lo que podríamos llamar un incunable?
Sí, incunables hay de dos tipos. El europeo y el americano, y básicamente quiere decir que se trata de un libro que no se puede volver a hacer exactamente como antes. Por ejemplo, acabo de adquirir un lote de libros devocionarios de fines del siglo XVIII y principios del XIX. Son libros de gran valía, con grabados de orden artesanal, hechos a mano que son para un mercado muy específico de coleccionistas.

¿Qué tipo de personas entran en su librería, además de coleccionistas?
Bibliófilos, curiosos, académicos.

¿Cómo clasifican los títulos?
Vamos recopilando con un particular conocimiento, orden y selección. Clasificamos muy sencillo, por temas. Libros del agua, por ejemplo. Antropología, Arqueología, Arte, Pintura.

¿Literatura?
Poca. Sólo piezas selectas, firmadas y que están fuera del mercado. Hace poco sacamos Conversación con el mar de Elías Nandino, una edición firmada por Nandino.

¿Cuál es el libro más económico y el más caro que han vendido?
El libro más económico, se lo llevaron hoy en la mañana de La cocina veracruzana, 30 pesos. El más caro que hemos vendido es La relación de la Real Audiencia de 1769 para dar testimonio escrito y heráldicamente, es decir, con los escudos del emperador Moctezuma. Los escudos pintados a mano por supuesto. Ese libro lo compró la Biblioteca Nacional.

¿Alguna o algunas anécdotas para abonar a esta entrevista?
Me acuerdo el día que pasaron unos chavos de Neza, voltearon a las estanterías y dicen: “¡Ay!, pinche güey ya te dije que aquí puros pinches libros plumíferos”. Éste es el azoro que causa una estantería como ésta, que puede despertar un interés en el otro.

En otra ocasión nos visitó el historiador Hugh Thomas, autor del libro La conquista de México. Vino a regalarnos la edición que dedicaba a la librería por todas las referencias que de aquí sacó…

¿Considera que hay una crisis del libro?
No sólo del libro, de todo, compañero, la crisis no tiene plural es una sola desde siempre, siempre hay crisis, se agravan los problemas de la adquisición del libro porque se puede considerar un artículo de orden superfluo. Es decir, uno primero se viste, come y si algo sobra compra un libro.

¿Cuál es el valor principal de la librería?
El valor más importante es el trato humano y el respeto al “otro” a pesar de las diferencias de por medio. No nos cobijamos en el despacho automático de libros, sino que nos interesamos por la persona, así nos compre 30 o 20 mil pesos.

¿Usted siempre anda por aquí?
Sí, me gusta mucho el trato con el público, aunque muchas veces me distraigo con cosas de orden administrativo.

¿Qué es lo que más le gusta leer?
Historia de México. Me considero un buen consultor de libros no lector. Para gozar me gusta leer en voz alta, lo suelo hacer todas las noches antes de dormir, le leo a mi esposa un capítulo o dos de El Quijote o de algún otro libro, siempre tengo cinco o seis libros en el buró, para solazarme con textos que me enriquezcan no sólo de forma visual, los monitos son agradables pero la conjunción de la lengua le hace gozar mucho.

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La calle Donceles en el Centro Histórico
Por Fernando Fernández

A diferencia de las librerías tradicionales en las que más menos podemos encontrar la misma oferta sin importar a cuál vayamos, las librerías de viejo son una especie de huella dactilar de los intereses de lectura del librero. Cada una es absolutamente diferente de la previa y quizá la forma más puntual de darnos una idea de lo anterior sea un paseo por la calle Donceles en el Centro Histórico. Cabe destacar que fue en esta calle donde se instaló una de las primeras librerías de viejo. Las familias López y Casillas empezaron este negocio con apenas una veintena de títulos en La Lagunilla y hoy son dueños de unas cinco librerías de este tipo en la ciudad (tres en esta calle). Conocer a los libreros de cada uno de estos espacios es fundamental. Aquí no se ejerce el mero comercio grosero entre dos personas. Muchos de los volúmenes más valiosos de las librerías no se encuentran exhibidos. Hay que ganarse la confianza del librero para que te lleve al segundo piso, donde se encuentran los ejemplares más cotizados. Pasear y conversar son pues, dos condiciones indispensables para conocer este mundo. Estaba por emprender dicha empresa –la de recorrer una vez más esta calle pero no con ojos de cliente, sino de periodista– cuando recordé que hace un tiempo Fernando Fernández, poeta y editor mexicano, publicó una entrada en su estupendo blog Siglo en la brisa un recorrido por esta calle que de preciso, curioso e inteligente, resulta difícil de superar. Recuperamos aquí algunos fragmentos que nos podrán pintar un buen retrato de este minialeph de libros antiguos enquistado en una de las zonas de mayor tradición de toda la ciudad.

“Donceles es el paraíso de las librerías de viejo, es otras muchas cosas más: de entrada, quizás sea la calle de la ciudad de México que tiene el nombre más antiguo de todos los que se conservan, y que según González Obregón ya tenía en 1524, a sólo tres años de la caída de la capital azteca; también, la dirección de algunas instituciones de la cultura mexicana, como la Academia de la Lengua o El Colegio Nacional, y de la política de la Federación, como el Senado, y hasta citadina, como la Asamblea Legislativa del Distrito Federal. Por si fuera poco, tiene dos teatros, una buena cantidad de tiendas especializadas en fotografía, un museo de la caricatura…

Desde algunos ángulos, Donceles ofrece algunas de las vistas más hermosas del centro, sobre todo aquellos desde los que se logra aislar el medio circundante y nos permiten ver los edificios de ahora con los ojos de hace dos o tres siglos, como sucede con el Hospital del Divino Salvador, un antiguo manicomio para mujeres. En realidad, todo ese lado de Donceles, el sur, entre Allende y Chile, es un alarde de belleza arquitectónica en tezontle, la roca volcánica porosa e impermeable que tiene la virtud de guardar el calor y cuyo color rojo quemado, como de sangre seca, ha dado materia a nuestros escritores para simbolizar el destino trágico de una ciudad que vivió uno de los más brutales asedios y valerosas defensas de las que se tiene memoria en la historia moderna.

Uno de ellos es Carlos Fuentes, quien ubicó en esa calle —aunque dándole un número imposible (815)—, la casona en la que ocurre la acción de Aura.

Cerca del final de Donceles, antes de llegar al Templo Mayor, está la sede del Fonca (Fondo Nacional para la Cultura y las Artes) y delante de ella una de las iglesias más delicadas y hermosas de la ciudad, La Enseñanza, que debe su fachada estrechísima, más de mueble que de inmueble, y quizás su peculiar planta octogonal, a que era el oratorio del convento del que formaba parte.

El resultado de mi exploración de campo rebasa mis expectativas: en los cerca de 900 metros que mide Donceles, según el cálculo que hizo el arquitecto Fernando Fernández Bueno sobre un ejemplar de la Guía Roji, hay nada menos que veinticuatro librerías.

Si extendemos un poco el recorrido, lo que hay que hacer para incluir a la emblemática Porrúa, que está cruzando la calle de Argentina, donde Donceles cambia su nombre por el de Justo Sierra, y llevamos el levantamiento hasta la calle que sigue, habrá que sumar cinco librerías más.

La extensión vale la pena siquiera porque en el camino hasta la Calle del Carmen dejaremos a la izquierda la fantástica fachada de tezontle de San Ildefonso, en cuyos mingitorios vimos hace unas semanas a Borges retratado por Rogelio Cuéllar.

Es importante aclarar que el esquema que reproduzco, con su lista respectiva, incluye los establecimientos que están sobre Justo Sierra —el nombre que toma Donceles a partir de República de Argentina—, hasta la Calle del Carmen, y también las del Pasaje Catedral, que va hasta la primera paralela al sur, República de Guatemala. Hago el recorrido en el sentido de la numeración, de poniente a oriente, empezando en el Eje Central.

1. Marconi

2. La Casona de Aura

3. El Tomo Suelto

4. El Callejón de los Milagros

5. Regia

6. Universal

7. Librería de Viejo

8. Laberinto

9. El Mercader de Libros

10. Librería Selecta (dos puertas)

11. El Gran Remate

12. Hermanos de la Hoja

13. Inframundo

14. Bibliofilia

En el Pasaje Catedral:

15. Librería Donceles

16. Asís

17. San Pablo

18. Don Bosco

19. Librería del abogado

20. San Ignacio

21. Nelly

22. Distribuidora de revistas

23. El Colegio Nacional

24. Educal

En Justo Sierra:

25. Porrúa

26. Tauro

27. Porrúa Menudeo

28. La Feria del Libro

29. Expo de Libros

La librería que satisface mejor mis intereses y mis gustos se llama Bibliofilia y está en la cuadra más librescamente intensa de Donceles —la que va de las calles de Palma Norte a República de Brasil.

Al lado tiene su correspondiente galpón de libros comunes, llamado con toda lógica Inframundo, donde a veces salta la liebre mejor. Una y otra se complementan perfectamente: los libros que tienen valor intrínseco, objetivo, están en aquélla; en cambio en ésta pueden hallarse los que lo tienen sólo para uno, que, dicho sea de paso, son los que yo prefiero. Soy poco o nada bibliófilo, en el sentido estricto de la palabra: prefiero las ediciones en buen estado de conservación, legibles y bien anotadas, aunque sean de la semana pasada, que las rarezas y las piezas únicas.

¿El resultado? Veintinueve librerías en una extensión aproximada de un kilómetro. Nada mal para cualquier lugar del mundo. Para México, un paraíso en la tierra. Confieso, para terminar, que cada vez me interesa más lo que encuentro en esas librerías, volúmenes que rescato a veces de generaciones de polvo y siglos de olvido, que casi todas las flamantes novedades que veo en Gandhi, El Péndulo o Sanborns.”

Librerías Ático y A través del espejo. Colonia Roma.

La librería Ático en Álvaro Obregón despacha desde 1999, aunque su dueño, Jaime Hernández, ha estado en el oficio por más de 30 años. “Mi esposa es matemática y dábamos clases de matemáticas por la noche. La familia de mi esposa es de libros y desde siempre quisimos tener una. En los años ochenta nos decidimos a abrir la primera. Ambos estuvimos siempre rodeados de libros y con el tiempo nos dimos cuenta de que era nuestra verdadera vocación”, me dice Jaime Hernández sin dejar de observar de soslayo a la clientela que entra. Su esposa, Silvia López, comparte la pasión por los libros a tal grado que ha abierto dos librerías independientes de la que tiene su esposo: A través del espejo, que se encuentra en el local aledaño a Ático, y una nueva aún sin nombre en la que tiene los ejemplares más antiguos y valiosos ubicada en la esquina de Monterrey y Álvaro Obregón. “Empezamos juntos mi esposo y yo pero poco a poco nos dimos cuenta de que cada quien tenía, digamos una visión distinta (risas) de cómo debían de ser las librerías. A mí me gustan más lo libros antiguos, los libros que ya no se pueden conseguir. De hecho estoy por abrir una nueva en la esquina entre Monterrey y Álvaro Obregón. Ahí tengo los ejemplares más valiosos, como por ejemplo una edición del Lienzo de Tlaxcala del siglo XVI que cuesta más de 80 mil pesos”, me confiesa Silvia con una sonrisa. Además de estas dos librerías, uno de los hermanos de Jaime Hernández tiene otra librería de viejo en Córdoba aunque, insiste, “éste no es un negocio familiar; cada quien tiene que velar por lo suyo”.

La infancia de ambos estuvo siempre rodeada de libros. En el caso de él, su madre “heredó” una biblioteca que su abuelo tenía en una parroquia y que tuvo que abandonar durante la Guerra Cristera. “Era una biblioteca estupenda que tenía no sólo los clásicos más importantes, sino libros prohibidos para la época”, rememora con nostalgia el librero. Por su parte, Silvia convivía obsesivamente con los libros desde que tenía 8 años de edad. Con aire de reivindicación, Silvia cuenta cómo abandonó su carrera como investigadora en matemáticas para perseguir su verdadera pasión: “Siempre me gustó mucho la lectura aunque de niña sólo me dejaban leer Vidas de Santos o Vidas ejemplares porque a mi padre le daba miedo que yo pudiera leer algún contenido impropio para mi edad. Pero me acuerdo mucho que cuando yo era niña cada vez que mi papá llegaba con libros a mi casa yo los limpiaba, los separaba por temas, mucho antes de que siquiera pudiera leerlos. Los libros siempre fueron mi pasión más grande.”

Sobre la vigencia del oficio y la importancia de que existan estos espacios además de las librerías tradicionales, ambos coinciden en una cosa: es en estos espacios en los que aún sobrevive la mayor parte de la diversidad literaria disponible. “Los libros nuevos tienen una dinámica completamente diferente. La oferta activa de una editorial o de una distribuidora es siempre muy limitada y en las librerías los espacios están reducidos a unas cuantas novedades de moda y algunos títulos de fondo editorial. En el libro antiguo las opciones son casi inagotables. Puedes comprar una biblioteca con más de doscientos títulos diferentes. Tienes sólo uno o dos ejemplares de cada título pero la diversidad es muy grande. Claro que en las librerías tradicionales hay libros estupendos pero son excesivamente caros”, me explica Jaime Hernández al tiempo que me hace recapacitar acerca del viejo y manoseado paradigma de que México no es un país de lectores. “Un maestro de primaria o un alumno de la universidad difícilmente podrá comprarse un libro de 200 o 300 pesos cada mes”, remata. El poder adquisitivo es, sin duda, una barrera para poder llevar la industria editorial de nuestro país a los niveles de lectura que la demografía sugiere. A pesar de esto la mayoría de los clientes, a decir de Silvia López, son jóvenes estudiantes o investigadores universitarios.

La naturaleza del oficio exige que los libreros sean buenos conversadores. La enorme mayoría de la clientela es recurrente. “Tengo clientes que vienen casi una vez por semana”, dice Silvia López, “como el director del Colmex, Javier Garciadiego, por ejemplo”. Este nombre también salió a relucir en la librería Ático, junto con otros como Vicente Leñero o, hace algunos años, Hugo Argüelles como asiduos visitantes de estos enigmáticos estantes que lo mismo tienen volúmenes de 10 o 15 pesos que de decenas de miles.

¿El futuro de este negocio? Incierto como incierto pareciera ser el futuro para todo el mundo. Curiosamente este giro, que va desfasado en el tiempo con respecto a los indicadores que miden la salud de la industria editorial, aparentaría estar menos amenazado que el de la publicación de novedades. Históricamente la preservación de textos hegemónicos para la cultura ha sido uno de los pilares que garantizan la transmisión generacional de conocimiento. Así como en la Edad Media eran los monjes que transcribían a mano las obras para preservarlas de las fuerzas oscurantistas que permeaban casi todos los estratos sociales, hoy en día las gestas librescas como las de Jaime Hernández y Silvia López, garantizan el tránsito de buena parte de la diversidad editorial olvidada por la máquina corporativa en que se ha convertido la industria editorial. Larga vida deseamos a estos dos libreros.

La Torre de Lulio. Colonia Condesa

En el recién estrenado local de la calle Ozuluama núm. 24, colonia Condesa, Agustín Jiménez, poeta y dueño de La Torre de Lulio nos abrió sus puertas para platicar un rato sobre la situación de libros, escritores, cultura y el futuro de un negocio que siempre dará para vivir.

Por Pablo Ortiz Águila

¿Qué es la Torre de Lulio, de dónde viene ese nombre?

Raimundo Lulio fue un filósofo catalán del siglo XIII. Nació en Palma de Mallorca, es mallorquín (si digo catalán se enervan los mallorquines). Aparte de ser un santo, fue un espléndido poeta, fue vituperado por la iglesia, fundó el primer colegio de traductores, escribió El Desconsuelo, El libro del amigo y el amado. Umberto Eco le dedica un par de ensayos porque es uno de los filósofos con el cual se inicia la cuestión binaria para poder llegar a lo que ahora son las computadoras. Es una de las figuras capitales del medioevo español y universal. Es una de las figuras luminares, aparte de un santo, que eso podría ser lo de menos o lo de más, es un espléndido poeta, que eso no es lo de menos ni lo de más. Lulio fue lapidado en el norte de África y regresa, se pierde tres días y se va meter a una torre, a La Torre de Lulio a componer El Desconsuelo.

 

¿Tengo entendido que tú también escribes?

Sí, aparte de escribir he ganado algunos premios nacionales e internacionales de poesía y literatura, por ahí hay algunos libros míos: Para distraer a Epifanio, El camino del haikú, ése es un premio internacional. Cada dos años La Fundación Japón lanza una convocatoria para un concurso a nivel mundial para diferentes lenguas: castellano, francés, inglés; en México hasta donde yo sé, sólo lo hemos ganado tres escritores: José Luis Ontiveros, Octavio Paz y yo.

 

¿Cómo combinas tu labor de escritor con la de librero?

Pues van de la mano, yo me pongo a leer aquí, y en esta mesa ha estado sentado Gonzalo Rojas, Octavio Paz, Carlos Fuentes, José Emilio Pacheco, Cristina Pacheco, José Joaquín Blanco y un largo etcétera, aquí en esta mesita…

 

¿Cuánto tiempo tiene la librería?

Estuvo aquí atrás 18 años, aquí tenemos 15 días.

 

Por ahí leí que incluso te agredieron…

Fue un desalojo muy violento, ya habíamos llegado a un acuerdo, pero los acuerdos con los abogados… entre abogados te veas… nos echaron los libros a la basura, literalmente… los tiraron al agua, nosotros los recogíamos, además llegaron 17 golpeadores, porros. Una violencia innecesaria. Y no fue una agresión contra Agustín Jiménez en particular, sino contra una sociedad, contra una comunidad.

 

Claro porque tu librería es la famosa del rumbo…

Sí, de hecho vienen escritores de muchas partes del mundo, viene gente de Argentina, Italia, España, igual en esta mesa estaba sentado Chus Visor, el editor de Visor, Luis García Montero, José Ángel Valente, Monsiváis; de Norteamérica vienen muchos representantes de universidades a comprarme ediciones especiales.

 

¿Tienes alguna especialidad, algún tipo de libros que sean de tu interés?

En especial nuestro fondo de poesía es el más atractivo de México, sin duda alguna. Pero te conseguimos lo que sea necesario. Nos interesan los libros importantes más allá de que sean primeras ediciones. Encuentras libros de Borges, de Tolstoi, de Carl Sagan; todos los que son una referencia normal y obligada, pero también tengo todas las primeras ediciones mexicanas firmadas, también tengo libros del Dr. Atl dedicados, de Monsiváis, de Poniatowska, de José Emilio Pacheco, de Juan Gelman, de Sabines, de Paz…

 

¿Cuál es el libro más raro que haya llegado a tus manos?

Tengo una edición de Lully, un músico francés del siglo XVI, que trae un imprimatur del rey, por ejemplo; tengo del Dr. Atl un gran libro sobre cultura popular mexicana dedicado a otro escritor importante. Tengo libros de Octavio Paz para Sabines, son muchos…

 

¿Cómo bibliófilo, te preguntaría, cuál es el libro que siempre has buscado y todavía no encuentras en una librería de viejo?

Es que las de nuevo no cuentan, y esto no es peyorativo sino que la cultura, como la vida, envejece, las librerías de nuevo sólo tienen un breve espacio para unos cuantos meses de exhibición de los libros. Las de uso, hacen la relación de todos estos libros y el acopio para que luego puedan circular. Yo he tenido la suerte de encontrar mucho de lo que he buscado. No he encontrado una edición de Raimundo Lulio que una vez Paco Ignacio Taibo I me llamó para mostrármela, y decirme “mira esto deberías de tenerlo tú”, “sí maestro pero lo tiene usted”, “sí Agustín pero algún día te lo voy a regalar”, “gracias maestro”… Una edición de Raimundo Lulio del XVI, espléndida.

 

¿Circulan muchos libros entre tu biblioteca personal y la librería?

Soy un librero muy desprendido, me interesa mucho el puente entre el libro y el lector, hace rato vino una poeta, Andrea Montiel, me dijo: “Ando buscando con desesperación El libro del desasosiego de Pessoa”. Le contesté: “Ah sí, mira yo lo tengo en mi biblioteca mañana te lo traigo…” para mí es más sencillo como librero y como profesional del libro, conseguir de nuevo ese libro que para un lector normal. Tal vez ahora necesitas a Pessoa y dentro de uno o tres años no…

 

¿La lectura es una cuestión del momento?

No, Luis Cardoza y Aragón hablaba de una literatura de tiempito. Ahorita un escritor de tiempito sería Murakami, probablemente en diez años nadie lea a Murakami, ¿qué ocurría con Kundera hace diez años? era obligado que trajeras un Kundera. Si no, no pertenecías a ese ámbito de los trescientos de la cultura mexicana… que en este momento son como treinta.

 

¿Has notado una disminución de la lectura?

Hoy en día a los jóvenes ya no les interesan los libros, pero ellos se lo pierden, es como no conocer el mar, puedes ver el mar virtualmente, o puedes tocar una pantalla líquida y pensar que estás tocando a una mujer o a un hombre, “también por la piel se llega al cielo”, decía un poeta, Gilberto Owen. Una pantalla es un simulacro, la vida no lo es.

 

¿No te sientes amenazado por las nuevas tecnologías?

No, para nada. Las nuevas tecnologías son siempre seductoras pero son temporales, y más en la cuestión de la electrónica, una IBM hace años era un monstruo y ahora en la palma de la mano cabe todo eso. Es una herramienta de trabajo muy útil, como tu grabadora, pero el medio no sustituye el fondo, lo importante. La cultura es mucho más amplia, vasta e impredecible. La información es una cosa, la cultura es otra cosa.

 

¿Tu negocio va a prevalecer?

Yo creo que es más fácil que se acabe una librería de nuevo, porque los libros de texto y las novedades ya salen en electrónico al mismo tiempo… pero ahí tengo por ejemplo una espléndida novela, Berlin Alexanderplatz de Alfred Döblin, que no vas a encontrar fácilmente, y cuando un lector avispado la ve hasta se emociona y se la lleva.

 

¿En ese caso esta es una especie de galería de arte, no?

Muy cercano a eso, pero sin caer en la tentación de las primeras ediciones o de los ejemplares firmados, porque también se volvería un suceso demasiado petulante. El libro es tan generoso, que aún para los que no saben, les da para vivir. Muchos de los que aparentemente se hacen llamar libreros no tienen la más remota idea de lo que es la cultura ni lo que son los libros, pero este negocio es tan generoso que les da para vivir. Yo siempre pongo el ejemplo de que una librería es como una frutería. A ti te gusta Canetti, Hrabal, Birmajer y cuatro o cinco autores que me mencionaste, llegas a la librería y te encuentras uno o dos y te vas feliz; cuando vas a una frutería entras, te gustan los mangos, los higos y las ciruelas, en esa relación quisiera que se viera a las librerías, lo ideal sería que todas las librerías tuvieran a todos esos autores pero cuando vas y preguntas, voltean a la computadora y ni el nombre pueden escribir. La cultura en manos de los comerciantes no tiene sentido, venden Coelho, Carlos Cuauhtémoc Sánchez y un largo etcétera de Bucay…

 

Luigi Amara, poeta y ensayista

Mi librería de viejo preferida es La Torre de Lulio, que hasta hace muy poco estaba sobre la avenida Nueva León, y donde compré Acapulco en el sueño (1951), el libro de Francisco Tario con fotografías de Lola Álvarez Bravo.

Otro lugar muy recomendable es la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión, que se monta en diversas sedes y fechas. Allí compré recientemente la primera edición de De fusilamientos de Julio Torri (1940).

 

Vivian Abenshushan, narradora y ensayista

Mi librería favorita es La Torre de Lulio.

El último libro que compré ahí fue El libro vacío de Josefina Vicens.

 

Fabrizio Mejía Madrid, ensayista y narrador

El último libro antiguo que compré fue hace unos meses en la Salvador Novo de Universidad. Compré dos ejemplares del mismo libro, maravilloso, de Christopher Isherwood, llamado, en inglés, Down There on a Visit. La edición de Argos Vergara se llama Andanzas y la de Alianza Tres Desde lo más profundo. ¿Qué no pudieron ponerle, simplemente, Una visita al sur?

 

Julio Trujillo, poeta y ensayista

Es una de las librerías de viejo de Donceles: Inframundo. Ahí compré Febrero de 1913, de Martín Luis Guzmán (un recuento de la Decena Trágica), editado por Empresas Editoriales.

 

Camilo Lara, músico (IMS) y lector

La verdad no soy un gran cliente de las librerías de usados, pero siempre son lugares para ir con tiempo y sin una lista específica. Las que están en Álvaro Obregón me gustan. Ahí conseguí ediciones de los ochenta de autores rusos. También compré Sopa de miso y Azul casi transparente de Ryu Murakami.

Para buscar clásicos siempre son lo mejor. Probablemente tengan ediciones más dignas que las versiones de bolsillo actuales.

 

Quique Rangel, músico (Café Tacvba) y lector

Mi librería de viejo preferida es A través del espejo, en Álvaro Obregón, en la Roma, pero que conste que desde mucho antes de que fuera considerado barrio hipster. Mis dos hallazgos memorables son la primera edición de Estas ruinas que ves de Jorge Ibargüengoitia editado por Editorial Novaro, y Estudio Q de Vicente Leñero, también primera edición en pasta dura en Joaquín Mortiz.

 

 

OTRAS LIBRERÍAS RECOMENDADAS

El Tomo Suelto. Miguel Ángel de Quevedo 673

El ahuizote. Miguel Ángel de Quevedo 97-B

La torre de viejo” (Una Babel de libros). Miguel Ángel de Quevedo 97

Novo. Av. Universidad 1854

La Lagunilla. Mercado de antigüedades de La Lagunilla.

Metamorfosis. Rosales 1 Loc. 8. Col. Tabacalera (Esquina Puente de Alvarado)

Jimena. Calz. de Tlalpan 1169. Metro Portales

Leviatán. Antonio Delfín Madrigal 322-A (Junto a Metro CU)

La odisea. Segovia 168-2. Col. Álamos (Casi esquina con Tlalpan)

La pequeña. Mercado de Portales

 

 

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One Comment

  1. Jaime Hernández Campos

    noviembre 5, 2012 at 9:22 pm

    La parte que se refiere a las librerías ÁTICO y A TRAVÉS DEL ESPEJO, no manifiesta lo que platicamos en la entrevista,  parece que el duende hizo de las suyas. TEOREMA, es la la librería con que iniciamos el 2 de enero de 1986. Les envío un artículo escrito en 1992 en el UNO MAS UNO y les sugiero que consulten otros de la serie.
     Saludos, Jaime Hernández Campos
                               librería ÁTICO

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