Turismo culpable

By on febrero 15, 2013
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Cada tanto, en los puentes y las vacaciones, el chilango clasemediero, ese “ajonjolí de todos los malls”, camina hacia su Meca: el centro comercial gringo. Un vistazo a ese comportamiento decadente.

Culpa social, creo que le llaman a lo que suelo sentir cada vez que voy de compras. No sé muy bien a qué se deba. Soy parte de una sociedad consumista. Pensar en las niñas explotadas en China me hace sentir mal. Gasto en lujos innecesarios en vez de ahorrar. El problema en realidad es que este malestar impreciso suele mezclarse con un enorme gozo. Comprar me relaja. Intento comprar regalos para otros, o hacerlo en tiendas “amigables con el ambiente”; cualquier cosa que justifique aunque sea mínimamente el gasto. Suelo consolarme también con algo que señaló Roland Barthes: que el problema del comunismo es que nunca consideró la ventaja hedonista del capitalismo. Cuando hace poco una tía me invitó a acompañarla en un viaje de shopping, a San Antonio, Texas, estos sentimientos encontrados se intensificaron. Finalmente acepté.

El viaje a San Antonio me introdujo desde el principio a un mundo hasta entonces para mí desconocido: el de las compras profesionales o intensivas. Ya desde la sala de espera se notaba quiénes íbamos en ese vuelo: mexicanos dispuestos a adquirir vaya Dios a saber qué (no creo que ninguno de nosotros tuviéramos un objetivo claro en mente) pero entre más, mejor. Maletas vacías, maletas dentro de las maletas vacías, son de los primeros signos de un viajero consumista. Como seguro también lo son las enormes cajas de donas Krispy Kreme que llevaban varios tripulantes, pero que para mí permanecen un misterio. La fauna que llenaba la sala de espera se componía principalmente de señoras. Señoras con otras señoras, señoras con sus maridos, señoras con sus hijas adolescentes, señoras embarazadas o estrenando esposo (todavía con la etiqueta). La mayoría parecían ser señoras adineradas, aunque había también una que otra de las llamadas fayuqueras, quienes llenan sus maletas en los outlets y luego venden todo en mercados y tiendas de la ciudad de México. Éstas eran fáciles de identificar: una de ellas llevaba puestos unos lentes rosa mexicano y portaba varias bolsas doradas de marca y unos zapatos plateados.

Ya desde el avión me iban reclamando porque me negué a hospedarme en un hotel junto al aeropuerto y sobre la carretera, más cerca de los malls y de los outlets (preferí quedarme en el centro de la ciudad). Me siguieron increpando porque insistí en al menos ir a conocer el Álamo y la Villita, es decir, en hacer algo de “turismo cultural”, algo que en mi confundida mente redimía, o al menos ocultaba de alguna forma el verdadero propósito del viaje. Tercer desacuerdo: me rehusé a llevar una maleta con rueditas a los centros comerciales. Prefería andar cargando las bolsas, quizá porque sentir el peso de mi vergüenza es una de las formas de mi cristianismo no creyente de expiar las culpas. Llevar la maleta me parecía cínico, una forma de exponer visiblemente a lo que íbamos.

Primer día en un centro comercial: los mexicanos estábamos por todas partes. No era tan fácil identificarlos porque en una ciudad como San Antonio la frontera entre mexicanos y estadounidenses es casi imperceptible (un día decidí probar unos audífonos y resultó que la música en el iPod era Alejandra Guzmán). Intenté encontrar síntomas para distinguir a los mexicanos que iban de compras del resto de los chicanos y encontré un par, como la forma en la que las mexicanas mastican el chicle, con la boca cerrada en vez de abierta, como hacen las nativas. Después de varias horas de compras, agotada, me senté en un café a esperar que mi tía terminara las suyas. En la mesa de al lado había un norteño con su hijo como de quince, cada uno con un iPhone. De pronto noté que el padre hacía una llamada y ponía el celular en altavoz: “Hola mami”, le gritaba a una voz en el teléfono que respondía emocionada: “¿Cómo va todo por allá? Aquí muy bonito, sí, muy padre. ¿Hace frío en México?”. Por su voz identifiqué también a una madre con sus hijas adolescentes que gritaban desde el vestidor: “¿A ver, mami? Se te ve precioso, date otra vuelta”.

La mayoría de los mexicanos iban directo al outlet, bajo la consigna de “más vale que sobre y no que falte”. Son un fenómeno extraño estos lugares a las afueras de la ciudad donde se consiguen tres pantalones feos al precio de uno normal. Sólo se puede llegar en coche porque están junto a las carreteras. Lugares tristes y aislados de donde, ahora veo, las librerías han sido lenta pero irremediablemente desplazadas. Ya no se encuentran en el centro de la ciudad, hay que ir a los centros comerciales más alejados y a los outlets. “Half Price Books”, se llamaba una de ellas. Comprobé que en las que quedaban, más de la mitad del espacio estaba dedicado a videos, accesorios y todo menos libros. Al llegar a la caja con mi pila de libros, el vendedor de pronto me dijo: “Debí de haber adivinado que eras de fuera. Aquí ya nadie compra este tipo de libros”. Me lamenté entonces de que no tuvieran ni un solo libro de Wallace Stevens en su único y diminuto librero de poesía y miré con melancolía a mis Nabokovs y mis Cormac McCarthys. Recordé con nostalgia la primera vez que entré a un Barnes & Noble, repleto de pisos de libros, y sentí que era el mejor lugar del planeta. Ya había escuchado yo de la extinción de las librerías de boca de algunos mexicanos. Son de esas cosas que notan siempre que van a Estados Unidos, como lo limpios que están los baños y lo grandes que son las porciones en los restaurantes (siempre pensé que era un chiste eso de “si te lo puedes comer todo en menos de media hora es gratis”, pero en Texas es verdad).

Frente al outlet había un centro comercial, de los “normales”, al que se nos ocurrió ir después, sin considerar que San Antonio es una de esas ciudades hechas para gente con coche. Nosotras nos habíamos estado moviendo en taxis. Quisimos, pues, cruzar la autopista para llegar al otro mall. Error. Caminamos horas bajo el sol texano hasta encontrar un semáforo, y cuando lo hicimos nos quedamos perplejas, sin saber cómo funcionaba o si de hecho funcionaba. Tenía un botón para peatones pero no sucedía nada al apretarlo. Terminamos cruzando la autopista “a la mexicana”, corriendo con nuestras bolsas de zapatos feos.

Finalmente llegó el temido momento de empacar. Mi tía entonces produjo un artefacto para compradores compulsivos cuya existencia yo ignoraba por completo: unas bolsas con una especie de cierre a las que metes la ropa doblada y sobre las que después te sientas. Entonces la bolsa deja escapar una especie de ventosidad, y la ropa queda sellada al vacío, reducida a su más mínimo volumen.

Nos encaminamos con nuestras maletas de nuevo al aeropuerto. En la sala de espera estaban varias de las mismas señoras del vuelo de ida, presumiendo ahora sus bolsas de Abercrombie y Macy’s. Un hombre detrás de mí llamaba a decenas de personas distintas para avisarles que “ya estaba en el aeropuerto”. Otra, con las uñas pintadas de rosa fosforescente, también hablaba con alguien: “Estuvo padre. Claro que no tan divertido como Las Vegas, porque allí después del shopping te puedes ir al casino. Oye, quería preguntarte, ¿te acuerdas de qué sabor quería tu mamá su Kool Aid?”.

Me despedí de San Antonio cantando “Non, je ne regrette rien” de Edith Piaf. No me arrepiento de nada. F

Jazmina Barrera

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