The Master: Una de vaqueros trascendentales

By on febrero 27, 2013
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The Master, el celebrado filme de Paul Thomas Anderson, cumple su segunda semana en cartelera. En este texto, Ricardo Pohlenz levanta dos pulgares al aire y nos explica por qué, con esta película, Paul Thomas Anderson se consagra como “el último gran maestro moderno del melodrama.”

El género cinematográfico por antonomasia es el western. No importa si se trata de John Ford, David Lean, Akira Kurosawa, Sergio Leone, Martin Scorsese o los hermanos Coen, lo que menos importa es que haya vaqueros de por medio. El western es una suma de recursos formales (casi casi diría que de vicios o pruebas a superar) que incluye la sencillez que exige el trazo de los personajes, el rococó de los duelos bajo el sol construidos con planos americanos y los grandes planos que abarcan la inmensidad del paisaje. Ése después del horizonte guarda —abismal— toda amenaza futura, tiende una línea hacia lo ultraterreno como un llamado irremediable hacia adelante. El western es un camino por recorrer, un lugar perdido en la nada, una gesta que no encuentra fin o saciedad más que en la muerte. Las espuelas, como los caballos, sólo son parte del decorado.

The Master de Paul Thomas Anderson es un western. No hay espuelas, ni caballos (hay motos, para compensar), pero tiene canciones picarescas, mujeres paseándose desnudas en un salón y algo de piano aporreado. Todo esto, insisto, es parte de un decorado. Es algo que Paul Thomas Anderson se permite, con todo rigor manierista, para buscar el momento preciso en donde costumbre y estereotipo se alternan, sin confundirse, en el escenario de la percepción para inventar la realidad: la verdad detrás de los cosas como son, los mecanismos para romper con el engaño de lo evidente, los ingredientes de la fórmula secreta.

En su exigua filmografía, Paul Thomas Anderson se ha dedicado a construir un fresco mítico a partir de las geografías íntimas que han definido el pathos cultural del estado de California: la industria pornográfica en Boogie Nights (1996), la figura mediática en Magnolia (1999), el pequeño empresario en Punch Drunk Love (2002), la explotación petrolera en There Will Be Blood (2007) y, ahora, las nuevas sectas con The Master. Redime las pequeñas glorias del californiano medio, les confiere a sus mezquindades un carácter apoteósico, hace una épica mínima de sus trajines, las lleva al extremo de lo coral (en el caso de Magnolia) sin caer en lo ridículo —aunque le gusta dar dos o tres traspiés para traer a cuenta la cualidad siempre perfectible de las personas, las situaciones y las cosas. La esperanza de redención que tienen sus personajes les impide alcanzar un sino trágico: Paul Thomas Anderson es el último gran maestro moderno del melodrama.

El western, me temo, por grande que sea, es una forma de melodrama.

Tom Cruise, héroe de acción y adalid de la Cienciología, hizo uno de sus mejores papeles en Magnolia. Paul Thomas Anderson se basó abiertamente en la vida de L. Ron Hubbard, autor de ciencia ficción y padre fundador de la Iglesia de la Cienciología para crear el personaje de Lancaster Dodd, interpretado por Philip Seymour Hoffman en The Master. Anderson le presentó el filme a Cruise en una función privada. Fue durante la escena en la que el hijo de Dodd (Jesse Plemons) le espeta a Joaquin Phoenix que el método de su padre no tienen ningún fundamento verdadero, que lo va improvisando sobre la marcha, que Tom Cruise se puso el saco y brincó, enfurecido, frente a lo que consideró una declaración flagrante de la inconsistencia de los principios de su fe. La proyección masiva de las estrategias de reclutamiento de nuevos adeptos de los cienciólogos ha convertido sus mecanismos de sugestión e hipnosis en parte del gran acervo de la cultura pop de la segunda mitad del siglo XX. Anderson los escenifica, para no dejar lugar a dudas en cuanto a sus alusiones, en un coctel donde igual cabe el inconsciente freudiano, las vidas pasadas y la energía atómica. Pero se trata, como en sus otras películas, de hacer una alegoría del espíritu americano con su propensión al viaje de exploración, el liderazgo y la disfunción familiar, todo ello visto desde una perspectiva épica de lo marginal, como la del científico que ve especímenes en cajitas de petri. El efecto de la doctrina de Dodd es igual de peligrosa que los preparados alcohólicos que hace Joaquin Phoenix con thinner, químicos fotográficos y cuanto encuentra a la mano. Beberlo es un reto, una prueba: lo que no mata, engorda.

Hubbard, como el personaje de Dodd, no es el síntoma, es parte del síntoma: un papel a interpretar en el gran teatro del mundo. “¿No es también George Lucas el fundador de una religión?”, le pregunta Anderson al crítico Xan Brooks.

Joaquín Phoenix se luce, Philip Seymour Hoffman se luce también; encarnan sus papeles al tú por tú, como en un duelo a mediodía. En el enfrentamiento eléctrico entre los actores, en su lance de dominio y seducción, se siente la sinergia predicada, los otros mundos posibles, las otras vidas. La perspectiva se abre como un gran plano recorrido en motocicleta. La fotografía, espectacular, corrió a cargo de Mihai Malaimare Jr. La película está filmada en 70 mm.; es una lástima que casi no pueda exhibirse en ese formato: el futuro no sabe de grandeza. F

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