El largo regreso a casa

By on febrero 5, 2013
cronica1_84

El ruido de una multitud,

Se parece al tronido de una ola.

Un murmullo que crece y se acongoja.

Un estertor que nos ignora.

Materia: vehículo y obstáculo.

Extravío: salvación y condena.

Silencio: herida y enmienda.

Hogar: guarida y cautiverio.

Tecleo la dirección Peña y Peña número 14, colonia Centro, en Google Maps. Una flecha roja lanzada por el dios de los mapas cibernéticos cae sobre una pequeña calle que se encuentra al lado de un rectángulo verde llamado la Plaza del Estudiante. Ahí, según el encomendador del favor que me llevó a la siguiente historia, teníamos que ir C, mi pareja, y yo. Colonia Centro, me digo, pero lejos del Centro de Slim. Intimidatoriamente cerca, al sur, de dos estaciones de metro que sugieren trilladamente peligro y tensión: Tepito y La Lagunilla. Metro sería la opción más sensata pero tenemos que cargar bultos. Pesados. Así que zarparemos, a la mañana siguiente, en coche.

Un poco más de Google para atizar las ansias de sumergirme en territorios desconocidos —perderme es una antigua fobia que con el tiempo he conseguido degradar a la condición de miedillo. Primer hipervínculo sobre la calle Peña y Peña, una nota periodística: un hombre, despechado por haber sido dejado por su mujer, se mete al departamento de ésta y al no encontrar a su antigua amante asesina a la hermana y a los dos sobrinos con los que vivía. Segundo, una liga de la Sectur del DF sobre la ya citada Plaza del Estudiante, en la que se puede leer lo siguiente:

“Hay comercio ambulante. La plaza se encuentra iluminada por las noches.

Esta plaza se localiza a orillas del Centro Histórico y cuenta con un albergue para indigentes. Al centro de la plaza se encuentra un monumento en honor a Antonio Caso. Frente a ella podemos encontrar la Casa del Estudiante José Yves Limantour A.C.”[1]

Y sobre la Casa del Estudiante José Yves Limantour:

“La Casa del Estudiante José Yves Limantour fue fundada hace 98 años, con el fin de dar albergue a los estudiantes provenientes del interior del país, así como a personajes de gran trascendencia tales como: Fidel Castro, Ernesto Che Guevara, Julio Antonio Mella y Tina Madotti (sic) ocuparon sus instalaciones. En la actualidad atiende a indigentes.”

La Casa del Estudiante, sigo investigando, fue un proyecto posrevolucionario creado en 1910 con la intención de albergar a más de 500 estudiantes foráneos que quisieran cursar sus estudios en la ciudad de México. La entrada sobre la casa de Wikipedia, que cita como fuentes hemerográficas las publicaciones El Imparcial y el diario El Español de la época, dice que la casa fue construida para dotar a estudiantes pobres de un:

 

“[…] edificio amplio, higiénico y bien acondicionado con sala, biblioteca, patio para realizar ejercicios físicos y numerosos departamentos para el alojamiento de los estudiantes.”

Una nota publicada el 21 de febrero de 2012 en La Jornada describe el estado actual del recinto: “[…] el edificio enfrenta un acelerado deterioro, que incluso ha llevado al desplome de una parte del techo, a lo que se suman fisuras, hundimientos en la zona del patio central, así como una evidente insuficiencia de instalaciones sanitarias.” Los pasillos son depósitos de basuras, la electricidad es intermitente pero increíblemente sigue alojando a una cincuentena de estudiantes que pagan una renta mensual de 50 pesos por un colchón (cinco o seis colchones en habitaciones de 10 metros cuadrados), 100 pesos a la semana por dos alimentos diarios y la donación forzosa de un libro para la biblioteca común al ingresar. La Casa, como las calles que la rodean, se autorregula porque ha sido completamente olvidada por las autoridades capitalinas. El hermoso edificio que la alberga fue declarado por el INAH patrimonio cultural. Las ruinas prematuras de este proyecto esculpen con abyecta y dolorosa precisión la realidad educativa de nuestro país.

 

***

He visto una pistola dos veces en mi vida. La primera fue en el Periférico en el año 2001. El tráfico lo tenía detenido y a la altura de la Feria de Chapultepec tres tipos se saltaron la barda que separa los carriles centrales de la lateral. El primero se lanzó como depredador sobre un coche que estaba dos adelante del mío. El segundo fue por el que me enseñaba su defensa trasera y el tercero se lanzó sobre mí. En un acto reflejo que me hace pensar que la modernidad no ha amilanado por completo mi instinto de supervivencia, me cambié al carril central y dejé plantado al primer asalto de mi vida. La segunda ocurrió en un estacionamiento ubicado en la calle José Joaquín Herrera que es paralela a la calle que protagoniza nuestro relato.

***

La realidad mexicana. ¿La de quién?

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Tomada por asalto por los ambulantes, la calle Peña y Peña le pide poco a los célebres mercados de Tepito y La Lagunilla (cuyas estaciones de metro, ya hemos mencionado, se encuentran unas calles hacia el norte). Durante la época de diciembre el peatón tiene que rivalizar con: los pocos y temerarios coches que resignifican la expresión “echar lámina”, diablitos transportados por pípilas modernos, familias incautas, carteristas y un inagotable etcétera de folclóricos y extravagantes personajes cuyo talento para obtener dinero de la nada es asombroso. Para el paseante poco avezado la zona es básicamente intransitable. Un laberinto en el que las paredes son corrientes de personas que ignoran cualquier cosa que no sean los impulsos que los locomocionan.

Sin otra ley que la de la selva y la de la oferta y la demanda, la zona se autorregula entre capas y capas de deshechos que han creado una especie de tapete de inmundicia sobre el asfalto, aullidos promocionales que anuncian la oferta gastronómica del lugar y un sinfín de objetos destinados a convertirse en no mucho tiempo en chatarra. Todo tipo de sapos encuentran aquí la pedrada que les corresponde. Aquí, el organizado desmadre del comercio informal se erige como respuesta a un proyecto de nación para el que grandes segmentos del tejido social son invisibles. En su inmensa mayoría se ofrecen productos chinos, con hartos comerciantes chinos y empleados mexicanos que transportan la mercancía. Cash only.

***

“Hay algunas empresas en que un cuidado desorden es el mejor método.” Herman Melville, Moby Dick

***

Llegamos, pues, en coche a la calle de nuestro destino y a los pocos metros éste perdió la hegemonía del tránsito. Un ciego habría podido percatarse de inmediato que estábamos en un tablero de juego con reglas diferentes. Cualquier paso en falso puede ocasionar un viraje drástico en tu destino. A las cinco de la tarde la calle todavía rugía en caos. El libre albedrío de los más fuertes y añejos reclamaba supremacía. Sobre nuestra timorata condición de turistas se imponía una energía anárquica. Tensos y temerosos ubicamos el paradero de nuestro proveedor y nos pusimos a tranzar. Entre señas y el eschinol machucado de una joven asiática de unos dieciocho años, acordamos el precio de los artículos en cuestión. Factura sólo a partir de 10 mil pesos. Okey, ése era nuestro presupuesto. Para mayoreo hay que subir a la bodega. Okey, ya estoy aquí. En la bodega posters de misses de Playboy inmortalizadas en el apogeo de su buenura exudaban la testosterona del tropel de chavos que efectuaban su oficio con una pericia hermosa de observar. Escogimos, pagamos y obtuvimos una factura hechiza y una botella de tequila Cazadores como regalo. Ofrecimos el frasco como recompensa por acompañarnos con un diablito hasta nuestro auto a uno de los despachadores. La tranza duró más de lo planeado. La luz huyó despavorida consciente de que, bajo el anonimato de la sombra ubicua, uno nadaba entre el mar de dolientes bajo su propio riesgo. No Lifeguard on Duty.

***

En la Plaza del Estudiante se encuentra el Ministerio Público número 1.

***

Hicimos el recorrido de la plaza comercial hasta el estacionamiento que se encontraba en la calle José Joaquín Herrera. El tránsito de estas calles, además de tener como obstáculo el éxodo de los comerciantes al caer la tarde, tenía como complicación adicional que en ese cuadrante se encuentran dos negocios que rentan autobuses para tours que van a Tabasco, Puebla, Veracruz y Oaxaca. Al llegar al estacionamiento, seguidos de nuestro San Antonio Abad con el diablito que traía los bultos de nuestro encargo, vimos a un hombre forcejeando con una mujer. Dividido entre el miedo de ir con C, mi pareja, y un tímido sentido del deber apuntalado por muchas películas de Bruce Willis a cuestas producto de mi “formación cultural juvenil”, consideré intervenir. “Son esposos. Él está borracho”, pensamos. El forcejeo se convirtió en golpes. Los golpes se convirtieron en una madriza difícil de mirar. Impávido el despachante del estacionamiento hizo mutis ante nuestra urgente petición de arriar nuestro coche para poder huir de regreso a nuestra colonia chic. Y cuando la madriza alcanzaba un nivel que hacía inadmisible para mi amor propio no intervenir sucedió el resto.

Todo, podría jurarlo, sucedió en un lapso de cinco segundos. Seis a lo más. Por la zona de salida de los autos entró otro hombre y comenzó a batir a patadas una pequeña puerta. Como en las películas. Tras. Una patada. Pum. Otra patada. Y, se los juro, se cimbraba el suelo y con él mi pareja y yo. A la tercera patada la puerta estalló en pedazos y fue recién, mientras astillas volaban por doquier, que nos dimos cuenta de que era un asalto. Cubrí con mis brazos a C y ella se soltó gritando “¡Hay balazos! ¡Trae una pistola!”. Me gustaría decir que mantuve la calma, que supe qué tenía que hacer y cómo tenía que hacerlo, pero escribir es uno de los espacios en los que procuro no adornar el miedo y la confusión que me causan casi todos los aspectos de la vida. Me paralicé durante un instante suficiente para que los eventos se desfasaran de mi percepción. El dependiente del valet y otra mujer que llegó detrás de nosotros se escondieron tras una pequeña barda. San Antonio se hizo gárgola. No respiró. No gesticuló. No se movió un puto ápice. C comenzó a correr hacia la rampa que daba al segundo piso del estacionamiento y yo, vuelvo a jurar, que escuché que las balas ya tundían el aire buscando rabiosamente un cuerpo que convirtiera el azar en tragedia. Ninguna bala fue disparada, pero la persuasión es la madre de la percepción y para mí en ese momento estábamos metidos en un zafarrancho de plomo. Recuperé el aliento y el control sobre mí y comencé a gritarle a C que viniera conmigo a guarecernos en la misma barda en la que estaban los despachantes. Pero ella sospechaba de los despachantes que hasta el momento en que inició el atraco no habían dado la menor muestra de asombro ante la putiza que se estaba llevando la mujer que, para entonces, ya habíamos identificado como una mujer china. C se paralizó. Traslúcida y en pánico tuvo que ser arrastrada por un jalón mío detrás de una columna. Pasaron los seis segundos y los asaltantes huyeron. La mujer golpeada, en estado de shock, trataba de sustituir la sensación de ultraje por el dolor de los pelos que trataba de arrancarse de la cabeza. “Tráeme el puto coche”, grité. Un minuto después estaba trepado en él. C no podía controlarse y yo no podía mantener el volante firme. Ya en el auto di una vuelta en falso y salimos a un callejón en el que una multitud de marcha enfebrecida levantaba sus changarros.

 [El ruido de una multitud,

 Se parece al tronido de una ola.]

Avanzamos a medio kilómetro por hora sin tener ni la menor idea de dónde estábamos o hacia dónde íbamos, durante treinta minutos.

[Un murmullo que crece y se acongoja.

Un estertor que nos ignora.]

Al finalizar la calle viré hacia la derecha pensando que saldría al Zócalo, que para entonces era como la Meca para mí. Salimos a un inexplicable embotellamiento que duró otra media hora.

[Materia: vehículo y obstáculo.

Extravío salvación y condena.]

Estuvimos quietos de pánico durante lo que nos pareció una eternidad. Finalmente avanzamos. Salimos al Eje 1 y recuperé la sensación de pertenencia sobre el espacio público. Fuimos por Circunvalación hasta Fray Servando y de ahí hasta Chapultepec. Las calles dejaron de estar sobrepobladas. Los semáforos recuperaron su hegemonía. Los comercios comenzaron a encarecerse lentamente y unos minutos más tarde llegamos de nuevo hasta esa demarcación que pugna por la calidad de vida de sus habitantes, en la que hay bicicletas de uso común y los camellones se despejan del ambulantaje para que los vecinos no tengan que padecer de contaminación visual.

[Silencio: herida y enmienda.]

Estábamos de regreso en casa.

[Hogar: guarida y cautiverio.]

 


[1] http://www.mexicocity.gob.mx/detalle.php?id_pat=4020

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3 Comments

  1. Honnaz

    febrero 5, 2013 at 11:26 am

    Chulada de crónica, sin duda Tepis es una de las zonas mas prolíficas pero tambien de las más inseguras del mundo!!

  2. moi

    febrero 8, 2013 at 5:28 pm

    Pos de las lomas a tepis pues si es radical el cambio. Ubieran comido un bolillito pal susto.

  3. D

    febrero 27, 2013 at 1:44 pm

    ¡Maravilla de crónica! Monserga y terror de suceso. No habría podido escribir al respecto, trabado de miedo estaría.

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