Memorias de una bestia atonal

By on febrero 27, 2013

Por más que lo intento, no consigo dejar de jugar a ser Pedro Juan Gutiérrez. Sorry, una bestia no hace verano. Esta última aventura causó varias bajas. La más severa: perdí una mujer. Y no sé si sea capaz de recuperarla.

Mi historia comenzó en las nada apacibles calles de Torreón. De último minuto me compraron un boleto de avión rumbo al DF. Destino final: dos conciertos de Nick Cave and The Bad Seeds. Había decidido no asistir. El disco reciente, Push the Sky Away, no me prendió. Pero mi editor, Diego Rabasa, me convenció. “Te harán bien unos días fuera de ahí”, me dijo. La región cada vez está más cabrona. Seguíamos produciendo muertos como si fueran salchichas. “Además, el martes será noche de bestias”, me confirmó.

Nick Cave es la madre de todas las bestias. Las dos presentaciones, aunque breves —quince canciones el lunes y diecisiete el martes— fueron brutales. Me pareció mejor la segunda noche. Más incendiaria. Tocó clásicos: “Red Right Hand”, “Stagger Lee”, “Deanna”, “Tupelo” y “Jack the Ripper”. Lo único que no me late de Cave es cuando se quiere sentir Leonard Cohen. En cuanto interpretó “Into My Arms”, aproveché para ir a miar y a comprarme otro trago. Y cuando cantó “God is in the House” tuve que pedir que por favor me despertaran cuando terminara la pieza. Salí satisfecho. El viaje había valido la pena. Aunque me frustré un poco porque esperaba “Dig, Lazarus, Dig” y no llegó.

Para el martes a las 12 ya me había abandonado una mujer. ¿El motivo?: ser una bestia. Quizá si no hubiera realizado ese viaje no me habría mandado al diablo. Aunque sospecho que se lo venía pensando desde hace tiempo. Ni pedo. Se prohíbe gimotear. El martes también nos falló una bestia. La que dirige este garito. A pesar de que nos descompletamos, no defraudó la noche de bestias. Vómito, decepciones, acoso, desapariciones, alcohol, disgustos, droga, y mucho fear and loathing. No necesariamente en ese orden. Ese mismo día mi editor me regaló Gonzo. A Graphic Biography of Hunter S. Thompson, sin duda lectura para bestias.

El miércoles se me fue el avión. He perdido tantos vuelos como tantas veces ha entrado Nick Cave a rehabilitación. Lo peor de todo, como diría Ray Loriga, es que llegué a tiempo al aeropuerto. Pero me enculé tanto en la lectura de El rostro del mal de Thomas Berger, que no me di cuenta de que los pasajeros abordaron y el avión despegó. Frente a mis narices. La que sí es responsable es mi maleta. Ella no perdió el vuelo. Dieron la orden de bajarla, pero se equivocaron. Y en el DF se quedó el equipaje de otro u otra. Pobre.

Abordé el vuelo de las 9:45. Llegué a Torreón casi a la una de la madrugada. Y ahí estaba mi maleta, con olor a bestia, esperándome. Crucé la ciudad en el asiento trasero de un taxi con la esperanza de encontrar abierto el bar que está frente a mi depa. Pero estaba cerrado. Y yo sin cervezas en casa. Un borracho que se respete no tiene reservas. Se bebe todo. Puse el Sweet Heart, Sweet Light de Spiritualized y dejé que me arrullara, hasta que me quedé dormido.

Soñé con una morra mala copa que antes me cogía. Alguien le había puesto la putiza de su vida y estaba en el hospital. Yo iba a visitarla y aunque ella tenía una pierna y un brazo enyesado me la cogía.

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CarlosVelazquez

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