Reventar la burbuja. Entrevista con Julio Trujillo

By on febrero 27, 2013
Julio-Trujillo

Julio Trujillo es uno de los mejores escritores de este país. No sólo es uno de los más inteligentes, sino que es uno de los más atrevidos. El lenguaje para Trujillo, pareciera ser, es un territorio de espacios vírgenes infinitos en los que se sumerge como los grandes exploradores lo han hecho sobre los mares y las tierras remotas, para extraer sonidos y formas que producen sentido. Recientemente, publicó su poemario La burbuja y aprovechamos este pretexto para charlar con él sobre éste y otros temas.

Cuéntanos, ¿cómo es el proceso de gestación de cada poemario?
La gestación de un libro de poemas es tan fácil de definir como la gestación de un mordisco: sucede. Por supuesto que se proyecta algo que después se corrige obsesivamente y finalmente se ordena, pero qué flojera hablar de eso. Al final tienes un conjunto coherente de textos que son tuyos y que puedes entregar a un editor. Es como hablar de la vida, que a veces cuadra y a veces no.

Hay en La burbuja varias referencias a la palabra, a los nombres (o a la ausencia de, como cuando dices “poder mirar sin nombres”), a las formas de las letras, como si el libro fuera también la narración del esfuerzo mismo de parirlo. ¿Estás de acuerdo con esta lectura? Si sí, ¿es ésta una dimensión consciente del libro? 
Estoy totalmente de acuerdo y agradezco que te fijes en eso, que para mí es un aspecto importantísimo. Imagina a un chef que sólo vea a la gente tragar, sin que nadie jamás se interese por lo que sucedió en la cocina. Puede ser, pero duele. Con La burbuja quise arrastrar al lector a la cocina y mostrarle cómo uso las especias, las sartenes, los aceites, los tiempos, los aderezos, las mezclas. La palabra es el primer ingrediente. Es algo que suena, configurado por un puñado de letras que son sílabas, que son sintagmas. Es una arcilla. Una pasta. Y a mí me gusta cocinar.

El volumen también es ecléctico: lo mismo habla de Borneo, que de Aretha Franklin, de la madurez o de la cóclea; aparece el deseo de ser un piloto de la Mitsubishi y también una definición fulminante de la pareja como una mafia que atenta contra el yo. ¿Qué dirías que le da unidad al volumen? Y, ¿de dónde viene el nombre?
La unidad del libro se define en la firma de su autor, y poco más. Cualquier tema (desde los temas consagrados por la tradición hasta una caca) es susceptible de convertirse en poema. ¿Por qué no intentarlo? No veo por qué Bob Esponja tenga que ser menos literario que Sylvia Plath, según mis dioptrías. El título del libro viene de una canción de Bob Dylan [Ed. “Series of Dreams”], que en algún momento dice esta frase fascinante: “Nothing too heavy to burst the bubble”. Respetar la integridad de esa burbuja, que debe ser ingrávida, traslúcida y redonda, es el objetivo de este libro.

Hay también un tono melancólico, una especie de exploración masoquista de la herida, aunque con humor y elegancia (“Don del chupito: barnizar la llaga” o “El pecho a punto de estallar también es Roma”). ¿Cómo sitúas la escritura de este libro en términos vivenciales para ti en relación con tu obra anterior?
A veces dolió escribir ciertas cosas. Y qué bueno. Estoy cansado de producir artefactos verbales solventes, eufónicos, pasteurizados. En términos de riesgo y diversión, la voluntad de perfección es infinitamente menor a la voluntad de equivocarse, de aceptar que somos una mancha, conmovedora y errática, en el espejo. Los eructos mejor para afuera, saludables y estentóreos.

Uno de mis poemas favoritos del volumen es “Tú”, en el que dices “Aquí no está el poema es combustible sin tracción”. Hace poco escuché a Julian Barnes decir que las novelas no deberían de suceder en un lugar, sino alrededor de un lugar. ¿Crees que aplica esto para la poesía, o mejor dicho, para tu poesía? ¿Dónde ubicas el centro de tu escritura poética?
Yo escribo desde aquí, pero ¿dónde es eso? El centro es una sensibilidad que está estallando un martes por la mañana. Quiero unos huevos rancheros, pero me distraigo con la luz del sol que pega, franca, sobre una pared blanca. No sé si están corriendo unos cuantos segundos o varias horas; occidente es una palabra y además no pasa ningún taxi. La desorientación puede ser una riqueza, un momento plástico, pero siempre hace falta un tú que lo constate.

La poesía es, qué cosa tan evidente voy a decir, sonido. Pero hay una doble condición sonora en algunos textos en los que resaltan sonidos en apariencia baladíes: el freír de una carne o el trepidar de un helicóptero. ¿En ocasiones te vienen a la mente los versos a través de sonidos del entorno?
No es tan evidente: las palabras suenan, y eso se nos suele olvidar. Y suenan tanto que, para mí, son casi cosas. Estiro la mano pero no toco nada. Antes de significar, retumban, tintinean, truenan o se manifiestan como pueden, las palabras. Hay que pegar la oreja y fijarse. Yo me fijo mucho y no quisiera que mis poemas se alejaran de cierta música, así como no quisiera que cierta música se alejara de la danza. Yo lo que quiero es bailar.

Percibo una especie de búsqueda de significado en el acontecimiento trivial, en “la arbitrariedad del acontecimiento”, robando una frase de Daniel Saldaña. ¿Hay algún intento por encontrar sentido en lo cotidiano, por encontrar acomodo en un mundo lleno de enigmas?
Sí, siempre y cuando no creamos que el acomodo sirve de algo. Yo busco un ritmo. Genero chorros de preguntas y arriesgo una o dos respuestas. Sé que me voy a morir, y entonces salgo a la calle con binoculares y un microscopio, y con ganas de besar al señor que recoge la basura. Todo me engancha, y luego el verdadero problema es el discernimiento. Y luego pasa esto: cuando llego, agotado, a tocar una respuesta, a reconocerla como un “sentido”, instantáneamente me decepciono. Como si fuera un huachinango, me voy a morir mordiendo un signo de interrogación.

Por último, una pregunta de carácter más general: se dice que la narrativa nacional pasa por un buen momento. Hay narradores jóvenes siendo traducidos en editoriales muy prestigiosas y en otros países de la lengua escritores mexicanos son portadas de suplementos literarios con frecuencia. ¿Dirías lo mismo de la poesía mexicana? ¿En qué estado crees que se encuentra? ¿Nos compartirías algunos nombres que te entusiasmen particularmente?
La poesía mexicana vive un buen momento. La generación posterior a la mía mató al padre, al abuelo y al tío con mucha más eficacia que yo: se escribe con desparpajo e inteligencia, con una conciencia crítica, con sentido del humor y sin corbata. Se escribe con la disposición de equivocarse y sin esa voluntad de grandeza que tanto daño nos hizo, lo cual no significa que se escriba sin ambición. Ya nada se reduce a uno o tres nombres: estallamos, a veces nos topamos en la calle, a veces no. Entendimos que entre un Oxxo y el Colegio Nacional sólo hay centímetros.

 

Yo

Dijo un poeta no abuses del yo,

que no son tiempos.

Yo

me quise reprimir,

echarme a mí del verbo,

pero está claro que mis tiempos no

etcétera.

 

Bob Esponja

La inocencia es ignorancia. En la inocencia

no está el hombre determinado como espíritu,

sino psíquicamente, en unidad inmediata

con su naturalidad. El espíritu en el hombre

está soñado. En este estado hay paz y reposo;

pero hay al mismo tiempo otra cosa que,

sin embargo, no es guerra ni agitación

—pues no hay nada con qué guerrear.

¿Qué es ello? Nada. Pero, ¿qué efecto ejerce?

Nada. Engendra angustia.

SØREN KIERKEGAARD

Bob sonríe.

Sus dientes son dos lámparas radiantes

en Fondo de Bikini.

Sonrisa

sin por qué.

Por nada encandilado,

Bob mira en sendos círculos hipnóticos

un punto céntrico donde converge

nada.

Vendrá la angustia de mirarse en una espora

o en el espejo eléctrico.

de las medusas,

pero ahora es sólo la nítida inocencia

—y esponjada.

 

Mafia

 

Una mafia es nosotros,

contra yo.

 

Sed

Bebí tanto,

bebí tanto,

que le di a la sed alcancé y tuve más,

así que hoy me estoy matando

por saciar esta avidez

de mí tal vez,

estas ganas de beberme hasta el hartazgo.

F

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