José Luis Paredes “Pacho”

By on junio 29, 2012
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A José Luis Paredes todos lo conocen como “Pacho”. Es historiador por la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Ha pasado de baterista de La Maldita Vecindad a actor, y de investigador a director del Museo Universitario del Chopo. Pacho habla con nosotros sobre la situación del país, su experiencia en la Maldita Vecindad, su paso como Director de la Casa del Lago, el futuro de la poesía mexicana, su relación con Carlos Monsiváis, etcétera. @pachoparedes

Por Aretha Romero
Fotos Turco

 

¿Cuál es tu profesión?
Si una profesión es por la que te pagan, he sido desde office boy, hasta repartidor de revistas, ayudante de cocinero, actor, mimo, dibujante; pasando por baterista en escuelas de danza, cronista, historiador, promotor cultural… y ahora director del Museo Universitario del Chopo.

¿En qué zona de la ciudad vives?
En la Condesa; pero me considero de una generación previa a los hipsters de la actual condechi gentrificada. Yo tuve que salir de la casa paterna a los 15 años y el primer sitio donde viví, en 1977, fue en la avenida Nuevo León, de la Condesa. Después pasé por varias colonias, desde Tlalpan hasta Narvarte, Coyoacán o Tacubaya, pernocté incluso en salas de casas de amigos.

¿Cuál es para ti la zona en donde se encuentran más mezclas culturales dentro del DF?
El DF es una constelación de microcosmos en sí mismo. Sólo hace falta mirar alrededor. Por ejemplo, ahora que he vuelto a venir diariamente a la zona del Museo del Chopo, me sorprendo una vez más de lo diversa y fascinante que es la gente de la San Rafael y Santa María la Rivera.

¿Tu espacio público favorito?
Si hubiera que mencionar un sólo sitio, sería el balcón de mi casa. Después de la sobredosis de vida pública con Maldita Vecindad, me gusta ver a los demás sin ser visto. También podría decir que cualquier banqueta es mi lugar público favorito: me gusta caminar anonimamente, como flaneur.

El año pasado “El Circo” cumplió 20 años, ¿cómo ha cambiado para ti nuestra ciudad desde entonces?
Tiene más capas geológicas encima, porque la particularidad de esta ciudad es la conjugación de todos los tiempos: lo nuevo llega pero, de una u otra forma, lo pasado siempre permanece, sólo alcanza nuevas combinaciones.

¿Cómo enriqueciste tu carrera musical siendo historiador?
Supongo que proponiendo cierto tipo de crítica y noción de contexto a la temática, al sonido y al choro que echábamos. Seguramente también proponiendo asuntos polémicos en los que nos involucrábamos durante movilizaciones. Por ejemplo, la idea de marchar sobre un camión de redilas, durante las manifestaciones del CEU, resultó una acción sintomática de ese momento en la historia del rock, pero también en la historia de la recuperación del Zócalo por la ciudadanía politizada.

¿Cuál es tu legado como parte de la Maldita Vecindad?
Espero que el olvido. En todo caso, nada que invoque la nostalgia.

¿Cuáles fueron tus años favoritos en la Maldita?
Los primeros ocho años, es decir, el arranque. Ese transitar del underground hasta constituirnos en un grupo “de culto” en México, incluidas las primeras giras por EE. UU. y Europa, sucesivamente, viajando en tren y cargando nosotros nuestros instrumentos para tocar en cafetines, hasta llegar a los grandes festivales europeos, Roskilde, Glastonbury, etc. En cambio, lo peor fue cuando entramos a la etapa de la estabilidad dentro del sistema de la industria musical, que me resultó soporífera, por no decir depresiva. Yo debí salirme del grupo en 1995 y no en 2003.

¿Existen posibilidades de que ustedes siguieran tocando juntos?
No.

¿Cómo era tu panorama al salir de la Maldita Vecindad?
Vertiginoso, como una página en blanco. Todavía recuerdo aquella primera mañana en que amanecí sin tener nada tangible enfrente. Fue un volado dejarlo todo. Después de 18 años de ser maldito, ¿me reconocería yo mismo al salir a la calle? Fue fuerte. Un extrañamiento y a la vez una reconciliación con todo aquello que ya no entraba en mi vida con un grupo estabilizado y autorreferencial.

¿Cómo llegaste a Casa del Lago?
Inesperadamente. Yo trabajaba de asesor de la Coordinación de Difusión Cultural de la UNAM y súbitamente me ofrecieron ir a dirigir la Casa del Lago. Yo tenía recuerdos vívidos de mi infancia en Casa del Lago, como un lugar mágico a donde me llevaba mi madre. Por fortuna superé el miedo, porque fui muy feliz trabajando ahí.

Cuéntame alguna de tus experiencias más enriquecedoras en Casa del Lago.
Investigar, programar y conceptualizar el Festival de Poesía en Voz Alta. Imaginé una constelación de universos poéticos y ha sido maravilloso descubrir que sí existen y que el festival logró convertirse en una plataforma de encuentro para poetas experimentales tan diversos que no tenían dónde encontrarse. El festival se anticipó ocho años a lo que hoy discute todo mundo (por ejemplo, Vargas Llosa y Volpi), sobre el futuro del libro, de la república de las letras y del canon del libro impreso en papel. Poesía en Voz Alta surge en 2005 al vislumbrar que pronto sucedería con el libro, la literatura y su sistema, lo que ya había sucedido con el disco y la música, pero entonces la mayoría me miraba de soslayo. Ahora es un lugar común hablar de todo esto, de la lectura como experiencia social, de la supuesta muerte del libro, etcétera.

 

¿Cómo ves el mundo de la poesía mexicana en estos días?

Los cambios en la industria editorial, la accesibilidad a la literatura por nuevos medios, la pérdida de hegemonía de las revistas culturales canónicas y de los grupos culturales tradicionales, todo esto junto permite cada vez más la visualización de las nuevas escenas y les permite a los más jóvenes dialogar con otras tradiciones sin culpa de lo que dirían los santones.

Has compartido créditos con grandes escritores de la escena mexicana, por ejemplo con Carlos Monsiváis, ¿cómo fue esta experiencia?
Él fue mi maestro en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. Un día de clases me animé y le mostré un texto mío que me habían rechazado en el diario Uno más Uno. Lo escribí para protestar por el cierre de la escuela de danza donde también estudiaba (hoy no habría necesidad de intermediarios, lo habría posteado en mi blog y en @pachoparedes). Nunca había publicado nada, así que tenía curiosidad de que Monsiváis me dijera si mi texto le parecía tan malo como para rechazarlo. A él le gustó y desde entonces nos hicimos amigos. Ya con Maldita Vecindad, le pedí que escribiera la presentación del disco, además de que lo invité a echarse una bomba en la canción de “Mare” del disco El Circo. De igual forma, cuando escribí mi libro Rock mexicano, sonidos de la calle, le pedí su opinión y él quiso hacerle el prólogo. Mi última conversación con él fue cuando le dije que mi abuela-suegra era María Luisa Landín (la culpable de que su libro Amor perdido se llamara así y a quien citaba sin falta cada vez que escribía sobre el bolero). Se emocionó como nunca lo había visto: “¿Vive todavía?”, me preguntó estupefacto. “Por favor, ¡quiero conocerla!”. Organicé una comida, pero Monsiváis entró esa semana al hospital. Lamentablemente nunca se conocieron…

¿Te identificas con las palabras “contracultural” o “contestatario”? ¿Por qué?
No tanto. Ambos son temas binarios que ya no se adaptan muy bien para describir la diversidad de comunidades culturales sincrónicas en un mundo descentrado. La contracultura, por lo demás, es un término demasiado epocal. Preferiría pensar en otros términos para hablar de aquellas comunidades o individuos que enriquecen nuestra visión de las cosas, azorándonos, abriendo siempre la puerta de la crítica, la duda y la heterodoxia.

Desde tu panorama de músico e investigador, ¿cómo ves ahora, en la ciudad de México, el escenario de los artistas independientes?
Desde el punto de vista de la gestión, veo que el panorama es cerrado. Sólo hay posibilidades de desarrollo para los proyectos inscritos en los circuitos de la gran economía, con algunas excepciones. Falta pensar en una legislación que permita el desarrollo igualitario de formas de gestión distintas a las de las grandes empresas culturales. Me refiero a una legislación que fomente el despegue de las micro, pequeñas, medianas empresas, así como a los colectivos y cooperativas, además de las propias producciones de autor.

¿Qué te gustaría cambiar o dejar en el escenario de las políticas culturales?
Eso: cambiar las legislaciones. Discutir las licencias de derecho de autor. La Ley de Fomento Cultural, la Ley de Establecimientos Mercantiles. Se requieren licencias para más televisoras y para las radios comunitarias e indígenas. Hace falta cambiar la idea de política cultural plutocrática, poner en el centro a la economía de lo pequeño y pensar a escala de los individuos en red, no de los corporativos. Y no me refiero sólo a las redes sociales internáuticas. Se debe profundizar en la noción de cultura libre, reflexionar sobre el procomún… Crear seguridad social para los creadores y trabajadores culturales. Además, despartidizar las políticas culturales creando un Organo Constitucional Autónomo, que sea transexenal y plural, con programas de largo aliento no sujetos a las coyunturas de los regímenes de gobierno. El neoliberalismo creó el Banco de México para independizar las finanzas de la política, ¿acaso la cultura es un asunto menos estratégico? (obviamente lo digo para provocar, porque tampoco se trata de pensar financieramente a la cultura).

¿Qué significa para ti el Chopo históricamente?
Es el epicentro de las culturas underground de los ochenta, incluidas las culturas relacionadas con el rock en el país, las de género, las artes visuales, del trueque como economía cultural, los fanzines, etc. Fue landmark de un imaginario del espacio urbano, centro articulador del norte-sur oriente-ponente de la urbe, vínculo saludable entre clases sociales, generaciones, escenas culturales y zonas de la ciudad.

¿Tendrás espacio para cambiar y mejorar mucho dentro del Museo del Chopo?
Sí. Habrá que reconocer los límites. De cualquier forma, uno debe hallar la forma para crear o configurar los espacios, nunca hay nada garantizado de antemano.

El Chopo ha librado diferentes batallas en diversos frentes, ¿cuál crees que es tu principal reto?
Reflexionar acera de su perfil y vocación dentro de los tiempos actuales. Ver si el perfil que representó en su origen tiene sentido todavía, sobre todo en medio de la gran oferta cultural actual en esta ciudad. Obviamente creo que sí, pero es el reto.

Vuelves a ser “chopero”, ¿tienes algún proyecto próximo que puedes adelantar?
Ceo que hay que activar la memoria del underground y las heterodoxias. Crear un acervo documental al respecto para que pueda escribirse una historia más analítica sobre esas escenas. Impulsar la reflexión sobre temas actuales que considero son la prolongación de las preocupaciones de las redes del underground ochentero (que hoy, obviamente, son redes que pasan por la virtualidad), por ejemplo, la crítica de las economías creativas.

¿Cómo vives el proceso electoral actual?
Decepcionado. Salvo por las recientes movilizaciones desde la ciudadanía crítica.

¿Sabes por quién vas a votar? ¿Nos podrías decir?
Por el menos peor.

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