Aquí y ahora. Entrevista con Itala Schmelz

By on marzo 6, 2013
ADRIANDUCHATEAU

Itala Schmelz, curadora de la participación de México en la 55 Bienal de Venecia, platica sobre Cordiox, la pieza que representará al país próximamente en Italia.

Ariel Guzik representará a México en la 55 edición de la Bienal de Venecia a realizarse del 1 de junio al 24 de noviembre de este año. Su obra, mezcla de ciencia, técnica y visión estética, deviene poesía sonora en máquinas e instrumentos que dialogan con los más increíbles interlocutores, desde las nubes hasta la respiración de las cactáceas. Su obra Cordiox, una máquina cilíndrica de cuatro metros de altura, se ubicará en el atrio del palacio de San Lorenzo, espacio envuelto en la polémica ante el compromiso que por su renta y restauración asumió la anterior administración de CONACULTA.

Lo que constituye la mayor crítica de la actual administración a este espacio —su avanzado estado deterioro y lo costosa que puede resultar su restauración— se convirtió en la clave para el desarrollo de la propuesta de Itala Schmelz, ex directora de la Sala de Arte Público Siqueiros (2001-2007) y del Museo de Arte Carrillo Gil (2007-2011) y curadora de esta participación nacional. San Lorenzo —o, como también se le conoce por su perfecta acústica, “el laúd invertido”— tiene, en palabras de la curadora “una increíble tradición desde el punto de vista de la experimentación sonora desde el siglo XVI… era un lugar donde se reunían los estudiosos de la música y del sonido a dialogar.” La armonía, la resonancia y la acústica, elementos fundamentales en la obra de Guzik, parecen haber encontrado en este palacio su hogar ideal. Al respecto del proyecto conversamos con la curadora.

Para alguien que no está familiarizado, cuéntanos un poco sobre qué es la Bienal de Venecia.
Se podrían decir muchas cosas pero creo que principalmente es una ventana muy grande para los artistas mexicanos, es de las grandes ventanas para que los artistas mexicanos se den a conocer, presenten su trabajo. Es importante aclarar que es una bienal en la que se busca exhibir lo mejor de un país o lo más propositivo, en donde incluso se puede en ese sentido apostar por obra no necesariamente comercial. Lo que me gusta del perfil de la Bienal de Venecia es que no es una feria de arte: siendo un evento tan importante, con tanta luz encima, sigue siendo un espacio en el que puedes hacer apuestas importantes como curador.

Tu curaduría de la obra de Ariel Guzik resultó seleccionada para representar a México en esta ocasión. ¿En qué consiste el proyecto?
En este caso el espacio determinó mucho la reflexión sobre cuál sería la mejor propuesta, porque San Lorenzo es una iglesia del siglo VI en un grave estado de deterioro, es una ruina, pero veamos la palabra ruina desde un punto de vista romántico: es muy bella, es muy imponente, pero está en un espacio muy delicado. Resulta que es un espacio por el que no puedes circular, el margen por el que se podría mover el espectador es muy angosto, y sin embargo la vista puede viajar y ver toda la iglesia, entonces no hay manera de pensar en poner trabajos indiferentes al espacio o trabajos que pudieran ser devorados por el espacio o trabajos que pudieran negar el espacio. Para mí lo esencial fue encontrar un trabajo que dialogara, que no perdiera o se redujera, sino que al revés, se potenciara, y que esa desventaja se convirtiera en una ventaja. Esa era una de las partes que a mí me importaba mucho considerar. La otra era que estas bienales son eventos masivos en donde hay pabellones nacionales de muchísimos países más las exposiciones oficiales, más los eventos colaterales, más cenas, fiestas, cocteles, inauguraciones, ventas, la ciudad misma llena de historia… se me hacía que el público iba a tener tanta información que yo no podía darles algo muy complejo de entender, algo que implicara ponerse a leer muchísimo para entender de qué va o algo que sólo vas a entender si te explican o si eres versado. Tenía que ser algo que capturara de manera inmediata, algo que te invite a quedarte y a involucrarte más, entonces ese fue otro valor, y el tercero que me convenció de invitar a Ariel Guzik fue que me pareció importante llevar a un artista, porque la bienal no es un lugar a donde se lleva arte emergente, sino artistas ya muy avanzados, con mucha trayectoria, probados, que detrás de ellos hay mucha chamba. Tampoco quería irme por los artistas que ya conocemos, que han tenido buena fortuna nacional o internacional; me parecía que era un buen momento para descubrir qué está pasando actualmente en el arte y siento que Ariel representa una búsqueda artística muy actual, una búsqueda interdisciplinaria que está uniendo varios caminos y prácticas en búsqueda de un conocimiento formal, de un conocimiento heterogéneo y que siendo un artista que no se formó en el ámbito de lo contemporáneo, que no ha seguido los lineamientos del mainstream, de moda, está siendo muy reconocido en distintos ámbitos. En el caso de lo que vamos a hacer en la Bienal se trata de una máquina que se llama Cordiox, que lleva muchos años diseñando. Detrás de Cordiox hay muchas máquinas y muchos ensayos para llegar a esta, que no sólo es una síntesis de todos sus ensayos y búsquedas desde el punto del funcionamiento y cómo suena, sino que estéticamente hay una reducción de elementos, llegó a una máquina muy minimalista formada por los elementos que necesita: no hay adorno, hay funcionalidad. Esta máquina trabaja con la estática y el caos que se genera por la electricidad, la empatía entre objetos, las atracciones, las fuerzas que están ahí invisibles pero que existen entre seres, objetos y espacios, porque todo genera algún tipo de energía o fuerza sutil y es con lo que trabaja. La idea es que el público nunca va a pisar San Lorenzo, va a entrar y va a subir a un mirador y ahí va a ver la máquina y el espacio. Entonces hay la sorpresa de entrar, subir y encontrarte con esta ruina. Pero al subir y ya no pisarla ya no es esta ruina que te estorba, que hay que arreglar, sino la experiencia estética de verla. Es como estar frente a un cuadro: es una emoción estética muy clásica que estará potenciada por el diálogo que genera la pieza de Guzik.

¿Esta apuesta de México por llevar un artista multidisciplinario se corresponde con una apuesta desde lo institucional por este tipo de búsquedas, o por el arte electrónico específicamente?
Evidentemente es también darle voz a unas artes en México que no han tenido tanta visibilidad en la escena contemporánea o conceptual, efectivamente. Es un arte que le cuesta mucho desarrollarse en México, no tiene tantos apoyos ni destaca de manera especial pero siempre ha estado ahí, como Lozano Hemmer, que estuvo hace 3 ediciones en la Bienal. Pero mira, Ariel Guzik no trabaja con electrónica digital, computadoras, apps, nada de eso. Su máquina es más bien un homenaje a la física clásica, a una ciencia… Por otro lado, supuestamente en la Bienal está este aspecto de que cada país se representa un poco a sí mismo, pero también me parece muy agotado representarnos con discursos de identidad nacional o postcolonialismo: eso es lo que se espera, llegan los países excéntricos, o de tercer mundo, a hablar de sus problemas o a hablar de su gobierno, con esta reflexión sobre la injusticia. Digamos que hay algo ya esperado en eso. No es que sea válido o no válido, no lo estoy cuestionando, pero me daban ganas de darle la vuelta y salir con algo que es de comprensión universal, porque las búsquedas de Guzik nos pueden llevar al Renacimiento Italiano donde se estaba buscando ese hombre completo que lo mismo exploraba en la ciencia que en el arte, que lo mismo hacía música que aparatos, que estaba descubriendo la electrónica pero igual hacía un autómata. Antes de que hubieran esas divisiones de los oficios y los haberes, la trayectoria de Ariel nos hace reflexionar sobre el hombre completo, entonces me gustaba esa idea. Al mismo tiempo Ariel es un artista que se ha formado en México y en algo sustantivo de México: su naturaleza desde un punto de vista de mucho saber porque Ariel —y eso se va a ver en un video que acompañará la pieza— se ha ido a meter al desierto a hacer funcionar sus máquinas con los cactus y se ha ido al mar a buscar a las ballenas y conoce mejor que nadie este país y de repente es México apareciendo desde ahí. Entonces sí hay una presencia muy específica de México, si tú quieres con mucho cuidado, con pinzas, pero hay una sabiduría del paisaje y la naturaleza mexicana con la que siempre ha trabajado Ariel y que se expresa ahí.

Que se expresa de un modo muy sofisticado, la antítesis de lo que se espera…
Totalmente, y México ¿qué está diciendo con esto? Las piezas de Ariel te están diciendo ¿dónde estás? Conéctate a la Tierra, está aquí. Esos sonidos que emergen, cuando te das cuenta de su origen, te das cuenta que estás anclado en un mundo que sí te responde, que no es una cosa neutra que vas alterando con tus supercarreteras y tus iPhones, entonces sí hay una crítica. No es un trabajo acrítico, todo lo contrario. Ni siquiera hay bocinas ni amplificadores, no hay apps, no es una oda a la tecnología; todo lo contrario, es ¿cómo me conecto con la naturaleza, con la otredad, cómo encuentro modos de comunicación? Entonces si la gente entra en ese lugar y sale un poco más limpia de la cabeza, estuvo ahí en ese momento, se irá con algo. Generalmente en esos eventos la gente siempre está pensando en otra cosa: en donde irá después, en qué se van a poner para el coctel, están pensando en que le faltan 10 pabellones, la gente está en eso y Ariel todo el tiempo lo que te está diciendo es no, voltea para acá, aquí, ahora, el presente, conéctate con el espacio, con el tiempo, con tu experiencia, con tu fantasía. Eso es lo que yo quiero dar.F

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