El corrido de Heisenberg

By on febrero 27, 2013
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Para Sergio González Rodríguez

La región más violenta del sexenio se está poniendo aún más violenta. Aquí un reporte de los últimos sucesos acontecidos en La Laguna.

La guerra vs. el narco en La Comarca Lagunera ya duró más que el “Never Ending Tour” de Bob Dylan. Hasta el momento, la estrategia del Gobierno Federal para combatir la inseguridad en el país ha sido cambiarle el nombre: de lucha contra el narcotráfico ha pasado a llamarse Operaciones para el Fortalecimiento de la Seguridad de los Mexicanos. En La Laguna, esta medida sólo consiguió que se despertara aún más la lujuria por la sangre. La auténtica orgía perpetua. Esta zona es un cagadero. El bacín donde se ha venido a deponer lo peor que somos capaces de producir.

La última andanada de violencia acabó con nuestras esperanzas de que se produzca un cambio. Definitivamente es imposible erradicar el problema. Todo comenzó con el ataque a El Siglo de Torreón, un periódico local, y el secuestro de cinco de sus trabajadores. Aunque todos fueron devueltos con vida, el principal conflicto es que el diario no puede garantizar la seguridad de sus empleados. Desde el atentado, un cerco de policías federales custodia la entrada de personal. Sin embargo, no existe prevención posible. Los “levantados” fueron extraídos de domicilios particulares o sorprendidos en la calle. Lo alarmante es que no se trataba de reporteros, sino de personal meramente administrativo. Es decir, ya nadie queda absuelto del “sálvese quien pueda”.

A partir de ahí, la región ha gozado del pleno desinterés de las autoridades federales. Sí, han enviado refuerzos. Pero moralmente no merecemos ni un mendrugo. No existimos. La Laguna, que estaba considerada el sitio más violento del país, fue desbancada por Acapulco, a raíz de la violación de seis turistas españolas en el puerto. Durante unos días, el cetro del mal lo tomó otro, y la atención se alejó de nosotros. Pero la pesadumbre no nos abandonó. Al contrario. Nos inundó la rabia. Y la impotencia. Cuando sucedió el siniestro de Pemex, se declaró luto nacional. La bandera de mi ciudad estuvo a media asta. Sin embargo, cuando murieron treinta personas en un ataque al bar Tornado, no recibimos ningún pésame por parte del presidente. Las violaciones acaecidas en Acapulco fueron recibidas como una tragedia. Pero nadie se indignó por los cadáveres de tres mujeres de entre veinte y veinticinco años que aparecieron en un hotel en la carretera San Pedro-Cuatro Ciénegas.

¿Me pregunto quién asesinaría a estas chicas? ¿Acaso sicarios? Hace unos días platicaba con una amiga. La infraccionaron por estacionarse mal. De regreso a su casa se topó con un retén de federales. La detuvieron porque le faltaba una placa. Me contó que el “oficial” se puso al principio coqueto, pero al final pesado. Que no accedería a dejarla ir hasta que no le diera su teléfono. Otra conocida me relató que en más de una ocasión la han invitado a salir. Pero no es una práctica exclusiva de federales. También la implementan los soldados, aunque estos últimos son más respetuosos, confiesan. La verdad está en los taxis. Si quieren saber qué ocurre en una ciudad, hay que treparse a uno. Así que le pregunté a un taxista.

El chofer me relató que en una ocasión le pidieron un viaje unos federales. Sacaron a cuatro damitas bien pedas de un bar y las metieron al motel Pingüino. Otras veces ha llevado parejas. Soldados o federales con morras pedas o sobrias. En el día o en la noche. Según el anciano conductor, los culpables de la muerte de aquellas chavas halladas en San Pedro se encontraban dentro de los cuerpos policíacos. Las descubrieron con un tiro en la cabeza. “No son métodos de los narcos”, me aseguraba el don. Desconozco el proceder de los capos. No se puede especular al respecto. Lo que resulta evidente es que con el aumento de corporaciones de seguridad en la región se han incrementado las desapariciones de mujeres.

La imposición de retenes en La Laguna se ha convertido en el elemento más ambivalente de la guerra vs. el narco. Por un lado, constituye el esfuerzo más inútil por parte de las autoridades en cuanto a vigilancia se refiere. Sería como suponer que las moscas irían solas a encontrarse con el matamoscas. La población se queja, y con razón, de que los colocan en las partes más inadecuadas de la ciudad. La Alameda, por ejemplo. Que todo mundo sabemos dónde se encuentran los “malillas”. Pero las cosas no son así de simples. La gente piensa que con colocar un retén en una colonia donde venden droga se va a solucionar el problema. Las ocasiones en que se han enfrentado los sicarios contra los federales han salido perdiendo los polis. Por lo tanto, colocarles un retén en zona de conflicto es una batalla que saben no van a ganar.

¿Entonces, para qué sirven los retenes? Para sofocar más a la población. Para que los federales se sobrepasen con las mujeres. El último retén que me tocó cruzar estaba en la esquina de mi casa. Iba en el coche de un amigo. La mayoría de la gente se asusta. A mí me producen tedio. El interrogatorio. Las revisiones. Explicarle tu vida a un desconocido. Es cuando comprendes el temor de la gente. Le sacan a que les “siembren” droga, a que los secuestren, a que les expropien el coche. No sé qué tan infundido sea este miedo. Pero nadie quiere estar expuesto a los caprichos de un sujeto con poder. A mí me da güeva. Ellos mismos saben que los enfrentamientos que han tenido con los capos han sido en movimiento. Yo vivo en el centro. Mi barrio está tranquilo. Pero ya no importa el rumbo. La Laguna está quemada. El próximo retén me lo voy a encontrar afuera de la puerta de mi depa.

Cada vez que se activa el código rojo, por una balacera o un muertito, levantan varios retenes. Es lo más constante en estas tierras, junto con las desafortunadas declaraciones de los gobernadores. Hace unos días, Jorge Herrera dijo textualmente que era un alivio que Durango no apareciera en la lista de las ciudades más peligrosas del país. Pero a Gómez Palacio sí que se lo cargue la chingada. Les asesinaron a cinco oficiales de tránsito. Y se quedaron callados. Balacearon la fachada de la casa de la alcaldesa Rocío Rebollo, y la casa de Carlos Herrera, ex alcalde de Gómez. Y guardaron silencio. Después rafaguearon la presidencia de Gómez. Y los últimos rumores que corrían eran que habían levantado a la alcaldesa. Lo que sí está comprobado es que la quinceañera de su sobrina cambió de sede. Se realizaría en Montebello, un club de golf, y al final se llevó a cabo en el campestre de Gómez.

No cabe duda que los mejores guionistas están dentro del narco. Por eso Breaking Bad, la serie más chingona de la actualidad, trata sobre la droga. Nos equivocamos si pensábamos que el trasunto del narcotráfico había llegado a su última vuelta de tuerca. Siempre se podrá retorcer más. El silencio sobre los acontecimientos en Gómez Palacio hacen imaginar una cosa: que Rocío Rebollo podría estar involucrada en negocios turbios. Ella no es el primer funcionario al que le chillan las orejas; lo inquietante es que el partido en el poder, el PRI, se ha mantenido al margen. ¿Cuál es el papel que están jugando? ¿Qué sucede que no le expropian el municipio a Rocío Rebollo?

Una cosa es que le prendan fuego a los negocios de su familia, como sucedió un lunes de febrero. Imaginen la escena: grandes columnas de humo negro decoran La Laguna. Se incendian tres Maderería Alianza y una tienda de pinturas. Sólo alguien que ha vivido en una zona en conflicto —Medio Oriente, por ejemplo— entiende lo que se siente observar a la ciudad arder. En el sentido literal. No se trata de accidentes. Es la guerra. No un eufemismo. Y si algo falta en la escenografía, no tarda en aparecer el helicóptero que te hará sentir en Full Metal Jacket. Decía, no es lo mismo que te incineren un negocio a que le den una rociada a la presidencia. Una cosa debemos reconocerle a Rocío Rebollo: que no salió a chillar como el alcalde de Acapulco.

El silencio tampoco es la opción. Camino por el que ha optado el gobernador de Coahuila, Rubén Moreira. Otra tragedia más se sumó a nuestra cuenta de desgracias: la ejecución de cinco miembros de una familia; entre las víctimas se encuentra una niña de cinco años. Y Moreira no se pronuncia. Por el periódico nos enteramos que ya inauguró otra deportiva en un ejido, pero nada más. La solución que vienen cacareando desde hace meses es la creación de un mando único para La Comarca Lagunera, puesto que los efectivos torreonenses no pueden actuar en Gómez y viceversa. Una decisión que se han demorado en tomar.

En una declaración hecha al diario español El país, el alcalde de Torreón, Eduardo Olmos, reconoció: “Es una torre de Babel. Tenemos dos gobiernos estatales, dos regiones militares, dos destacamentos de policía federal… Los únicos que parecen tener un concepto de región son los carteles”. Hasta el momento, el único mando que conocemos es el de la violencia. La unificación de las fuerzas de ambos estados exige un cambio de residencia del gobernador de Coahuila. Tendría que abandonar la capital, Saltillo, y mudarse a Torreón. Trasladar su residencia a La Laguna significaría un cambio histórico en la historia de las administraciones estatales priistas.

Por eso, insisto, el mejor guión lo escribe el narco. Tal parece que tenemos a los escritores de Breaking Bad al servicio de La Laguna. Así como la policía de Albuquerque ignora a quien debe combatir, en La Comarca Lagunera tampoco existe un enemigo plenamente identificado. Es como si nos enfrentáramos a Heisenberg. ¿Qué clase de guerra es ésta? El once de septiembre que derrumbaron las Torres Gemelas de Nueva York, Hunter S. Thompson escribió que la respuesta de Estados Unidos sería una guerra a escala global sin frente o enemigos identificables. Se castigaría a alguien por el ataque, pero en ese momento resultaba difícil precisar a quién. La misma sensación nos produce la guerra vs. el narco, que se lucha contra un rival inclasificable.

Jon Lee Anderson afirma que por cada línea de coca que se aspira en Estados Unidos una persona muere en México. La Laguna ha aportado un número considerable de esos decesos. Algunos intelectuales han condenado el consumo de estupefacientes como parte del problema. Una percepción que se puede cambiar fácilmente. ¿Cómo? Legalizando las drogas. Pero Estados Unidos legalizó el consumo de mariguana en el estado de Washington, y aquí en La Comarca Lagunera lo único que sucedió es que se incrementó la violencia. No existe solución visible. La complejidad de la zona ha engendrado criminales complejos. Los cambios en el reparto no pueden modificar la trama. Es como si viviéramos dentro de un corrido todo el tiempo, sólo que ya no habitamos en Pistoleros famosos, sino en El corrido de Heisenberg. Somos prisioneros de nuestra propia miseria. F

 

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