Cinefernalia:

By on agosto 20, 2012
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HISTORIA(S) DEL CINE:

CASSAVETEANDO (parte 1)

Con un presupuesto ridículo para los estándares de la gran maquinaria hollywoodense, John Cassavetes abrió una sinuosa trinchera en el cine norteamericano: la de la independencia creativa, la del cine guerrillero, la de las películas rabiosamente personales que sólo responden a la conciencia de su realizador.

Actor de formación, Cassavetes reunió los ahorros conseguidos por sus participaciones en series televisivas como Peter Gunn y otras para filmar Sombras (1959). Cuarenta mil dólares de presupuesto, muchos amigos involucrados y un rodaje a largo plazo fueron el presupuesto y las condiciones bajo las cuales se filmó la cinta, en la que una familia de raza negra se enfrenta a la marginación racial en distintos niveles, desde lo laboral hasta lo amoroso.

 

Cineasta obsesionado con la idea de la necesidad de amar y las consecuencias catastróficas de no hacerlo, Cassavetes se valió de las calles mismas de Nueva York, siempre evitando los clichés turísticos; además del jazz y un marcado gusto por la bohemia existencialista, para enmarcar a la perfección la vida de sus protagonistas, seres que entran y salen de las sombras de la urbe de hierro sin rumbo alguno, entregados a una vida sin sentido. Desde éste, su primer rodaje, Cassavetes planteó su método de trabajo. La inmediatez casi insoportable que su cine siempre enarboló, surge de la forma en la cual él y sus actores conformaban las escenas, planteando el director una situación sobre la que se construía el edificio dramático por entero. Ajenos a cualquier noción de glamour, los intérpretes lograban emociones que un guión pocas veces podría crear.

Sombras (1959) fue el inicio de la carrera excepcional de un forajido de la fama y la fortuna, que utilizaría sus propios recursos para producir una obra fílmica profundamente personal e irrepetible. Una obra que marcaría la vocación cinematográfica de un maestro del cine como Martin Scorsese. El cine independiente norteamericano nacía a tambor batiente y ya no había cómo detenerlo. (Continuará…)

José Antonio Valdés Peña

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