Cineclub, la mirada cómplice

By on febrero 27, 2013
cineclubcondesa_1

Desde la década de los años cincuenta, y con un toque francés en sus inicios, los cineclubes en México han creado una red cómplice que, además de disfrutar del buen cine, ha marcado rutas creativas para quienes lo hacen y quienes lo contemplamos, y no sólo eso: ha generado comunidades, dado identidad a barrios y herramientas para ver con mejores ojos y pensamientos las propuestas más vanguardistas. Ésta es una breve historia de cómo este rizoma no se detiene y se reproduce dentro y fuera de la pantalla, pero también es la historia de una lucha anónima por el derecho a ver otro cine además de las grandes megaproducciones y entenderlo y valorarlo como un arte más allá del mero entretenimiento.

Regresó a México a finales de los cincuenta. Fue el primer mexicano becado en el Institut des Hautes Études Cinématographiques (IDHEC), la famosa escuela francesa de cine, que desde su sede en Montmartre, París, ejercía un influjo hipnótico en el mundo. Allá, jóvenes cinéfilos de todo el orbe, como José Luis González de León Quintanilla, discutían y se convertían en extensiones, hacia sus lugares de origen, de un pensamiento vanguardista alrededor del cine. Y eso fue lo que él hizo: consolidó el primer cineclub de la ciudad de México, el del Instituto Francés de América Latina (IFAL), elcual se convertiría en punto de reunión de jóvenes mexicanos y extranjeros quienes portaban una actitud cosmopolita que transformaría el cine mexicano y el resto de las artes.

El cineclub del IFAL, en la colonia Cuauhtémoc, reconfiguró el mapa intelectual: planteó una ruta propia con herramientas más globales. Estos personajes a los que el rock los agarró ya formados, pero que también se escaparon del contexto formal de las grandes bandas, se reinventaron como urbanitas. Este cineclub no sólo fue una importación adecuada a la medida de la clase media “ilustrada” del DF, sino que se convirtió en parteaguas: aquí se conocieron quienes protagonizarían el movimiento Nuevo Cine.

¿Qué fue primero? ¿La necesidad de aprender o la urgencia por enseñar? El cineclub del IFAL, al igual que el IDHEC, fue uno de los efectos secundarios del concepto de cineclub acuñado por Louis Delluc en 1920 al fundar Le Journal du Ciné-club; este hecho propició no sólo la discusión entre realizadores y críticos, sino que respaldó a una generación que buscaba consolidar al cine como el séptimo arte. Para contrarrestar la certeza del cine como un producto meramente de entretenimiento, se requirió de una educación formal para hacerlo y verlo. A mediados del siglo XX, con la huella de las dos guerras, las artes volvían, como siempre, a rescatar el alma. Con Europa en reconstrucción, las posibilidades del Nuevo Continente se multiplicaban. En Estados Unidos se consolidaría Hollywood con su economía de posguerra (después exacerbada por los baby boomers). En América Latina, Brasil se enfocaría en su antropofagia cultural y México, en su modernización.

La energía de los fabulosos cincuenta, ésos que hoy nos seducen en series de televisión gringas, llegó una década después a México. La generación del Medio Siglo en la literatura; la de la Ruptura en la artes plásticas y el grupo Nuevo Cine son tres de las vertientes a las que se sumaban individualidades y seguidores que replantearían la escena artística mexicana y latinoamericana. Sus protagonistas se asumían ciudadanos del mundo. Sí: el mundo empezaba a encogerse.

J. L. González de León le dio al cineclub más que estructura, una ruta, y cuentan quienes lo conocieron que los contagió de una pasión por el cine sustentada en la crítica y el pensamiento. Fue la fuente directa de los Cahiers du Cinéma, antecedente del cine de autor del cine mexicano e “importante fuente nutricia de la cinefilia de nuestra generación”, escribió Emilio García Riera tras su muerte.

De acuerdo con José de la Colina, Jomi García Ascot fue el primero en manejar el cineclub del IFAL. García Riera apunta que antes de Jomi lo encabezó Álvaro Custodio. En la memoria de Teodoro González de León, su primo —a quien conocería en su juventud— fue el fundador de este “el primer cineclub”. Sin ponerse de acuerdo, los tres coinciden en que es la Bruja, como le apodaban, el personaje definitivo. Aunque su historia se perdería con los años, su propuesta más cosmopolita atrajo a sus coetáneos, y algunos de ellos formarían en 1961 el movimiento Nuevo Cine que, siguiendo el formato de Delluc, incluía una publicación. En el número uno de esta revista (bajo el mismo nombre) publicaron un manifiesto que proponía “la superación del deprimente estado del cine mexicano” y “el desarrollo en México de la cultura cinematográfica” desglosado en seis puntos, uno de los cuales estaba dedicado al cineclub. Los firmantes: José de la Colina, Rafael Corkidi, Salvador Elizondo, J. M. García Ascot, Emilio García Riera, J. L. González de León, Heriberto Lafranchi, Carlos Monsiváis, Julio Pliego, Gabriel Ramírez, José María Sbert, Luis Vicens. Ellos sabían que ver El acorazado Potemkin y descifrar las películas de John Ford sí importaba. Como sigue importando.

Casi simultáneamente, en 1959, Manuel González Casanova fundaba el cineclub de la UNAM. Las ansias de romper con la ya entonces desgastada época de oro del cine mexicano, generó la interdisciplinariedad y motivó a una generación más internacional a experimentar el lenguaje del cine, entre ellos Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez. En México, al igual que en Francia y el resto del mundo, se estaban cosechando guiones, películas, discusiones, festivales, concursos, argumentos, ideas y una otra forma de ver cine.

El cineclub del IFAL se bifurcó en varios caminos que aún transitamos con nuevas tecnologías, con más conocimiento, con más herramientas, pero también con nostalgia. Lejos de desaparecer, este concepto pareciera tener un renacimiento —o quizá nunca ha desaparecido, porque a pesar de los avatares del cine, como dijera García Riera, “en México es muy fuerte la mejor vocación cinematográfica”, tanto que ha sobrevivido y generado buenas películas, directores y festivales.

En 1955, Roberto Gavaldón, cabeza de la Secretaría General de Directores del Sindicato de Trabajadores y Productores de Cine (STPC), sin involucrarse mucho en el ya para entonces existente cineclub del IFAL, reclamaba la existencia de estos espacios para que “los directores pudieran ver películas clásicas y filmes de vanguardia al margen de credos e ideologías políticas”. Tal vez conocía a esos muchachos nacidos a finales de los veinte y los treinta, que luchaban ya por una forjar una cultura cinematográfica vanguardista.

Tiempo después, además de concursos de cine experimental y festivales, en 1974 abrió la Cineteca Nacional que programó, entre otras cosas, el Foro Internacional de Cine y su aún famosa “muestra”. El Centro Cultural Universitario (CUC) en los años setenta se consagró como uno de los espacios predilectos de los cinéfilos. Los cineclubes se expandieron gracias a la paupérrima cartelera comercial y consagraron un extraño concepto: el “cine de arte”, que englobaba todo aquel filme fuera de la propuesta hollywoodense. Ante esta situación, y literalmente por amor al arte, algunas salas se empecinaron en poner en cartelera películas “arriesgadas” (París, Pecime, Latino, Polanco, Bella Época…). Afortunadamente, contaban con un público pequeño pero constante, y los cineclubes se mantuvieron como una herramienta de conocimiento. La mayoría de aquellas salas cerró con la llegada del Tratado de Libre Comercio, que introdujo, durante la década de los noventa, a las grandes cadenas de cinemas y llevó a la quiebra a estos residuos románticos. Por si fuera poco, la televisión modificó los hábitos del espectador que poco a poco fue entregándose más al entretenimiento que al disfrute del cine, problema que aumentó con la renta del video: ya no era necesario ser fiel a un cineclub si se podía rentar el “clásico”. Sin embargo, se olvidaron de una posibilidad estratégica que sí ofrecían los cineclubes: la discusión. El consumo abatió el hábito de educar la mirada. Sólo viendo cine se puede ver mejor cine.

El Cinematógrafo del Chopo, el Cine Fósforo de la UNAM, el Cineclub del Círculo Psicoanalítico, Instituto Goethe, el Cine Debate Popular, así como casas de la cultura y universidades, entre muchos, han creado una sociedad secreta —como los hoyos funkies— donde el espectador más educado puede perseguir la trayectoria completa de los grandes directores. Los cineclubes han realizado un trabajo hormiga y mantenido la propuesta original de formar una mirada crítica. Se han convertido en generadores de conciencia social. Lentamente, este concepto se ha renovado hasta erigirse en espacios que a la vez han propiciado el encuentro vecinal y la cultura de lo colectivo. Hoy muchos barrios cuentan con su propio cineclub; en algunos, los filmes son el pretexto para alcanzar un reto más: crear comunidad.

Otro de los efectos secundarios del cineclub, además —claro— de apoyar a la producción nacional, la educación formal, la divulgación y los festivales, ha sido la publicación de libros, entre ellos ¿Qué es un cineclub? (1961), de Manuel González Casanova, o el Manual Cine Club (1970), de José Rovirosa y editado por el Instituto Mexicano del Seguro Social, entonces presidido por el doctor Ignacio Morones Prieto, quien durante su gestión (1965-1970) impulsó la apertura de cineclubes en todas las dependencias del instituto. La Secretaría de Educación Pública coeditó, en 1988, junto con la Asociación Nacional de Cineclubes Universitarios, el Manual para el manejo de equipo y material fílmico en cine clubes. Estos logros han contribuido a la integración de la figura de cineclub en la Ley Federal de Cinematografía, aunque sea más de 45 años después de su surgimiento en México.

Resulta curioso la necesidad de la política cultural por querer legislar y convertir en un derecho humano —un derecho cultural— una actividad tan íntima como compartir una película con un grupo, cuyo encanto también radica en lo alternativo y en su existencia un tanto marginal. Pero está de moda politizar la vida cotidiana de la individualidad compartida. Aquella necesidad identitaria de descubrir espacios y conectar con otros a través de la cinefilia, hoy es más un acto de comunicación vecinal, que intelectual. El rizoma de pensamiento crítico es ahora una red social de convivencia. Aunque para todo hay público, y los amantes de Jean-Luc Godard, Andrei Tarvkovski, Alfred Hitchcock, Orson Welles o George Méliès, por mencionar algunos, saben dónde buscar. A estos enamorados no les basta ver la película bajada de internet; aún añoran la presentación y la discusión posterior. Personalmente, en mi época de estudiante y devoradora de la Muestra Internacional de Cine, disfrutaba tanto la película como las cervezas o el café para discutir lo visto.

Por fortuna, como lo sabrán quienes han probado las delicias del cineclub, hay hábitos que permanecen, como ver de nueva cuenta ese filme que te hizo una persona diferente. Éste es uno de sus grandes valores.

Más allá del acto romántico de ver cine “a la antigua”, de la rebeldía de hurgar más allá de la cartelera oficial y comercial, de combatir el consumo de entretenimiento visual, el cineclub continúa apostando por educar el ojo. Esta necesidad crítica no está peleada con la necesidad de hacer comunidad; por ello, se ha fortalecido ya una red que renueva el cineclubismo, que hoy sigue combatiendo la apatía del espectador que busca sólo acción o risas que lo enajenen y lo distraigan de su realidad.

De acuerdo con Carlos Bonfil, actualmente uno de los propósitos más apremiantes es rescatar al espectador de “la terquedad del credo neoliberal, proponiéndole las estrategias de una resistencia cultural afectiva”. Las grandes salas con sonido digital y tercera y cuarta dimensiones empiezan a ser elefantes blancos; el video no sólo es más barato, sino más práctico y doméstico. Esta realidad afecta la economía y al propio acto de ver cine. Se ha perdido la magia de la pantalla gigantesca y de la oscuridad (me pregunto cuántas personas jamás han visto una película en una de estas casi extintas pantallas monumentales). Los malos hábitos de la televisión y el control remoto han afectado la manera de involucrarse con el cine. Por fortuna, la aburrición será al fin y al cabo una aliada: así imagino a individuos aburridos recuperar la capacidad de asombro en pequeñas salas con una programación escogida, como la del Cine Tonalá; esos mismos quizá buscarán curiosos otros cineclubes, como el del Instituto Goethe, el Cine Lido, o los ciclos de la Cineteca Nacional o del Centro Cultural Universitario, donde descubrirán distintas aristas y enfoques de la historia del cine.

Los esfuerzos por integrar una red y mostrar un mapa conceptual de lo que sucede ha derivado en la incursión del cineclub en el Festival Distrital, promovido por el Gobierno de la Ciudad de México. En 2009 se realizó el Primer Encuentro Regional de Cineclubes de la ciudad de México; dado el éxito, en el 2010 y 2011 se amplió a Foro Iberoamericano de Cineclubes, que para el 2012 se haría internacional. Estos eventos constatan la vigencia del tema y la necesidad de una parte de la población por aferrarse al cine y de ejercer el pensamiento crítico de la mirada.

Si bien el boom del cineclub se vivió en la década de los sesenta, en los años posteriores ha habido una adecuación a los usos y costumbres de la juventud de cada época. Ellos son los que a futuro prolongarán este gusto, como en los sesenta lo hizo Nuevo Cine. Se trata de un hábito que se transmite de generación en generación.

Actualmente, con la politización de la cultura y la legitimización de su acceso como un derecho humano, la experiencia de ver cine tiene un acento social. La balanza se ha inclinado más hacia este lado, y hoy día es una eficaz estrategia para recuperar la vida pública y generar espacios de intercambio. Si bien es un extra, no hay que perder de vista aquella visión sibarita del conocimiento que le imprimieran sus precursores. No se trata de un hecho elitista. La democratización no implica sólo que se llegue a todos, sino se corre el riesgo de también convertirse en un entretenimiento. El número de cineclubes ha aumentado, sin duda, aunque no existe un inventario real; sin embargo, de acuerdo con el texto de Lilia Nieto “Retrato de cineclubes de la ciudad de México”, su diversidad tipológica es lo más atractivo: los hay universitarios, de culto, indígenas, ambulantes, infantiles, callejeros, de moda; unos son totalmente independientes y otros dependientes de instituciones. ¿Es esto bueno o malo? Siempre será mejor hacer que no hacer. Esta red que de manera heroica ama al cine, es un ejemplo de unión ciudadana que puede servir de réplica en otras áreas sociales.

Cada barrio es una propuesta distinta: el Foro Arteria, en la delegación Tlahuac, especializado en material underground, tiene una vocación diferente al cineclub comunitario Ricardo Flores Magón, en el Centro Cívico Estado de Anáhuac, en la colonia Granjas Estrella, en Iztapalapa, con un perfil más especializado en trabajos universitarios. En la Santa María la Ribera, el Calmecac ha combatido la criminalidad: más que la programación, lo importante es su trabajo con grupos marginales. En sentido opuesto, en la delegación Magdalena Contreras, el RPositivo apuesta por un cine más culto dirigido a jóvenes. El Museo Carrillo Gil ha sido un espacio con altas y bajas: en los años ochenta y noventa fue foro de un taller de apreciación cinematográfica, a los que muchos le debemos parte de nuestra educación. Desde hace unos años se unió a la red con el Cineclub Revolución dedicado al cine mudo con música en vivo. El Cine Libre Mixe Et Ääw es un integrador de los mixes en el DF; sus sedes son itinerantes, una de ellas es el Parque Recreativo El Copete, en Pedregal de Santo Domingo… Y éstos son sólo unos ejemplos.

Casi desapercibida existe una comunidad secreta que deambula por la ciudad viendo cine. Unos lo han hecho desde niños, otros se suman por temporadas o empiezan a descubrir este lenguaje al tiempo de una ciudad. Este clan, aunque pequeño, ha transformado por su “necedad” su apreciación del mundo y el tejido social.

Cuenta José de la Colina que antes de que muriera la Bruja, ya ambos entrados en sus cincuenta, se toparon en un cineclub pequeñísimo perdido en alguna facultad recóndita de la UNAM. Eran principios de los años ochenta y ambos se descubrirían aún cómplices viendo una vez más a Méliès. Al escucharlo, recreo una escena en blanco y negro muda, sólo observo la silueta de Pepe de la Colina (lo reconozco por su boina) dándole una palmada en el hombro a José Luis, a quien distingo entre las sombras por su nariz, que le valiera su apodo. Entiendo, entonces, que los cineclubes son espacio de creación y de intimidad, que nos devuelven la fe. F

 

A continuación, una lista con algunos de los cineclubes que siguen activos hoy en día.

 

IFAL (Río Nazas 43, colonia Cuauhtémoc)

Cine Tonalá (Tonalá 261, colonia Roma)

Instituto Goethe (Tonalá 43, colonia Roma)

Cine Lido (Tamaulipas 202, colonia Condesa)

Cineclub Condesa DF (Veracruz 102, colonia Condesa)

Cineteca Nacional (Av. México Coyoacán 389, colonia Xoco)

Centro Cultural Universitario (Av. Insurgentes Sur 3000, dentro del Centro Cultural Universitario)

Film Club Café (Manuel Ávila Camacho 53160, colonia Naucalpan)

Foro Arteria, (Hugonotes 94, entre Deodato y Elías Salomonis, colonia Miguel Hidalgo)

Cineclub comunitario Ricardo Flores Magón, (Centro Cívico Estado de Anáhuac, Calle Monzón y Cerrada de Anáhuac, colonia Granjas Estrella. Iztapalapa.)

Calmecac (Doctor Atl s/n, colonia Santa María La Ribera)

RPositivo (Maltrata 3, colonia San Jerónimo Aculco. Delegación Magdalena Contreras)

Cineclub Revolución (Av. Revolución 1608 esq. Altavista, dentro del Museo Carrillo Gil)

Cine Libre Mixe Et Ääw: sus sedes son itinerantes, una de ellas es el Parque Recreativo El Copete, en Pedregal de Santo Domingo (Delfín Madrigal s/n, colonia Pedregal de Santo Domingo)

 

Share Button
Miriam Mabel Martínez

Miriam Mabel Martínez

Miriam Mabel Martínez

Últimas noticas en Miriam Mabel Martínez (Ver todo)

Dejar comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>