Ceremonia del Té

By on septiembre 8, 2011

Alejarse del enemigo principal de la paz inconmutable, el ego, era un asunto central para los grandes maestros japoneses de las artes y el Nobel Yasunari Kawabata no era la excepción. Encontraban en la armonía una fuente de tranquilidad que alineaba el sentido de la existencia y alejaba la mente del ruido exterior. La belleza era un asunto de mucha mayor trascendencia que los nimios acontecimientos de una vida diaria que despreciaban por vulgar, como explica Kawabata con maestría y sutileza inigualables en su ensayo titulado La existencia y el descubrimiento de la belleza. Su obsesión con la belleza resulta aún más inverosímil si tomamos en cuenta que fue un niño que tuvo que encarar la muerte desde muy pequeño. Perdió a su madre cuando tenía un año, a su padre a los dos, a la mujer que lo crío a los seis y a su hermana cuando tenía diez años de edad. Y no había, para el Nobel nipón un ritual más bello que la ceremonia del té, disciplina del budismo zen que se encuentra a la altura de otras como la pintura, la jardinería o la poesía.

A pesar de que era un gran lector de haiku, género en el que admiraba a grandes maestros como Sei Shonagon, que tenía piezas como:

 

Cosas que simplemente pasan: un velero;

los años en la vida de una persona;

la primavera, el verano, el otoño y el invierno.

O a Basho, que escribió cosas como:

Sin conocer lo inmutable no se pueden

construir los cimientos, y sin conocer lo

mudable el estilo no puede renovarse.

Kawabata consagró buena parte de su vida literaria a la novela, que encuentra en Mil grullas una de sus cúspides. En este relato despliega en toda su magnificencia la esencia de la ceremonia del té y la muestra como lo que era: un simulacro de la sociedad japonesa. Durante dicha ceremonia –como aquella en la que el protagonista del relato Kikuji, debe encarar a una madre y a una hija que habían sido, las dos, amantes de su padre, para saldar cuentas con el pasado–, los personajes muestran su naturaleza interior esforzándose por cumplir con las normas del ritual: la contención, la elegancia y la perfección. En un mundo que prácticamente ha desterrado de sus enseres cotidianos las virtudes de la templanza, la paciencia y la precisión dentro de sus formas sociales, la obra de Kawabata se erige como un monolito que resiste la inercia erosionante de la modernidad y se cimienta como un clásico que siempre brinda consuelo ante el aterrador paisaje contemporáneo.

 

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