Caridad (Jorge Fons, 1972)

By on febrero 24, 2013
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En un cuarto de la vecindad de la colonia Casas Alemán, donde vivía la familia de Lilia Ortega, había una consola sacada en abonos en la que su hijo Fernando, de cinco años, escuchaba a escondidas La hora de Raphael mientras su madre iba al mercado. Gracias a que lo había podido ver alguna vez por la tele, el niño comenzó a imitarlo, ante la sorpresa de Lilia, quien vio en su hijo el interés por iniciar una carrera en el espectáculo como “fonomímico”. La señora compró un disco de 45 rpm y jaló a su hijo, vestido con un pequeño traje negro y botas a imitación del célebre cantante español, a una carpa en el barrio de Tacuba donde esa noche se verificaría un concurso de aficionados que, a la sazón, el niño ganó cantando “Mi gran noche”, junto con sus primeros 15 grandes pesos.

A partir de ahí se sucederían para el niño otros concursos en humildes carpas, apariciones en discretos programas televisivos o en radiodifusoras hoy extintas, y presentaciones en las plazas de colonias del extrarradio de la ciudad, ante el disgusto de su padre, que era mariachi en Garibaldi, pero acompañado siempre por su madre, incansable y cómplice que, al inicio de aquellas andanzas, permitió que un promotor de estas “caravanas artísticas” bautizara a su hijo con el mote de Pinolito, porque según él: “El pino es chiquito, así bien bonito, y se va desarrollando y crece grande, grande; y yo tengo la idea que este niño va a ser muy grande, va a ser un gran actor”.

A través de Procinemex, un organismo estatal responsable de la difusión del cine mexicano en los años setenta, que pretendía que el público se acercara al mundo fílmico y a sus artistas favoritos, Lilia y su hijo Fernando logran entrar a los Churubusco. El premio no sólo era una visita, sino que incluía también los alimentos en el entonces célebre comedor de los estudios donde podían convivir con Jorge Rivero, Bárbara Angely y algunas otras celebridades. Acudieron en repetidas ocasiones y fue ahí donde la Mamá Borinquen, progenitora de la actriz Kitty de Hoyos, descubrió al pequeño Fernando y lo llevó a donde Luis Alcoriza y Jorge Fons preparaban Caridad, el tercer episodio de Fe, esperanza y caridad, escrito por el primero. De inmediato, Fons aceptó al niño y lo integró a una lectura de guión con el resto de los actores: Julio Aldama, Katy Jurado, Stella Inda, Pancho Córdova, Sara García. Fernando encarna, precisamente, al hijo de Katy, aquel que desencadena todo el terrible calvario de los personajes, a partir de que doña Sara les avienta unas monedas a los niños que juegan en un miserable solar. Pinolito es el niño de la izquierda en la foto, ese flacucho y renegrido que mira retador a su compañero a punto de agarrárselo a guamazos.

Conocí a la señora Lilia en el 2003 durante la producción del largometraje El mago. Ella me dijo su apodo: “Doña Pinoles”. Y al decirlo, me vino a la mente (¡nunca sabré bien cómo!) el mote de aquel Pinolito. Cuando se lo mencioné, comentó escuetamente: “Es mi hijo”. Días después, la señora Lilia llegó a mi oficina y dijo: “Te traje a Pinolito”. Cuando entró quedé muy sorprendido al darme cuenta de que aquel niño era ahora una mujer rubia, muy alta, de rasgos duros, que actuaba en un show travesti con el nombre de Coral Bonelli. Su historia me pareció apasionante.

El otro niño, el de la izquierda, no alcanzó crédito en la película. Se trata de Patricio Pereda, hijo de un extra de entonces. Hoy muchos lo conocen como el Patrick, porque vive en San Diego. Es un técnico muy conocido en el medio cinematográfico, porque es muy capaz y porque ha trabajado como tramoyista en chorros de películas gringas.

En el 95, Fons volvió a encontrarse a esos dos niños en El callejón de los milagros. Uno iba como staff y Fernando, que aún no se volvía Coral, hacía un breve papel como merenguero. Para entonces ya llevaba decenas de películas a cuestas, actuaciones como bailarín del Teatro Blanquita y el deseo aún soterrado de convertirse en mujer. Empecé a seguir las vidas de Coral y Lilia hace cuatro años, hasta que llevé mi curiosidad a un documental llamado Quebranto. Aquellos niños broncudos son casi cincuentones, se ven muy poco, por la distancia geográfica y las trayectorias vitales tan distintas que cada uno siguió. Pero me consta que se tienen ley, de ésa muy fuerte que sólo nace en la infancia y en las películas.

 

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