Buena bola

By on febrero 8, 2013
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Un recuento (imposible) de las canchas donde se juega el mejor baloncesto de la ciudad de México.

Texto y fotografías: Rogelio Pineda Rojas

¿Cómo representar ese instante cuando tomo el balón entre las manos y salto para hacer un tiro, y la energía fluye rápido por el pecho, el hombro, el brazo, y la muñeca expulsa la pelota en una parábola precisa hacia el aro? ¿Cómo?

Quizá el primer paso sea escribir una lista con los lugares para jugar baloncesto que me son entrañables, o que los amigos recomiendan como los mejores del DF. Las listas, a pesar de su capricho, resultan siempre fascinantes, porque nos intriga si coincidirán con nuestras preferencias.

Hago la mía. Escribo en la computadora:

1. Centro Deportivo Benito Juárez. Municipio Libre, esquina Uxmal, colonia Santa Cruz Atoyac, delegación Benito Juárez. Estación Parque de los Venados, línea 12 del Metro. Horario: 8-21 horas. Alumbrado nocturno.

 2. Parque Nacional Viveros de Coyoacán. Avenida México Coyoacán, s/n, colonia del Carmen, delegación Coyoacán. Estación Viveros, línea 3 del Metro. Horario: 6-18:30 horas.

 3. Parque Cañitas. Avenida México-Tacuba, colonia Popotla, delegación Miguel Hidalgo. A escasas cuadras de la estación Popotla, línea 2 del Metro. Alumbrado nocturno.

 4. Deportivo San Antonio. Andrea del Castagno y Avenida Revolución, colonia Nonoalco, delegación Álvaro Obregón. Próximo a la estación del mismo nombre, línea 7 del Metro. Horario: 8-20 horas.

 5. Deportivo Valentín Gómez Farías. Entre Río Mixcoac Oriente y Avenida Alta Tensión, colonia U. H. Lomas de Plateros, delegación Álvaro Obregón. Horarios: 8-21 horas.

 6. Centro Deportivo, Ecológico y Cultural Plateros. Dr. Francisco P. Miranda, s/n, colonia Merced Gómez, delegación Álvaro Obregón. A un costado de la Escuela Nacional Preparatoria número 8. Horario: 6-21 horas. Alumbrado nocturno.

 7. Alberca Olímpica Francisco Márquez. División del Norte 233, colonia General Anaya, delegación Benito Juárez.

 8. Facultad de Medicina. Ciudad Universitaria, los viernes a partir de las 16 horas.

9. Cancha camellón Metro Potrero. Insurgentes Norte y Victoria, colonia Guadalupe Insurgentes, delegación Gustavo A. Madero. A 200 metros de la estación.

10. Parque Arboledas-Pilares. Pestalozzi y Matías Romero, colonia Del Valle, delegación Benito Juárez. A dos cuadras de la estación División del Norte, línea 3 del Metro.

11. Velódromo Olímpico Agustín Melgar. Río Churubusco, s/n, colonia Granjas México, delegación Iztacalco. A la salida de la estación del mismo nombre, línea 9 del Metro.

Sin embargo, más allá de la discusión o uso práctico, un recuento así es poco real; es como si no existiera. Entonces, ¿cómo iniciar?

¿Cómo describir una reta en la Benito? Quizá enumerando en forma caótica. 20:30 horas. El piso de las canchas tiene ranuras minúsculas para evitar resbalones y su recubrimiento de lija resplandece como pintalabios. Hay reflectores para jugar en la noche, que imitan las luces de una pista de baile. Las parejas aquí son hombres toscos que danzan alrededor de la pelota, al ritmo que ésta impone a sus dribles. El nivel competitivo es asombroso. Hay tipos con buena técnica, veloces y elegantes en el tiro. Claro, uno también encuentra albañiles que atornillan sus disparos en el tablero o malhechores del empujoncito y la zancadilla, como Rino, que ahora va botando el balón, gira y queda de espaldas contra su adversario, al que arrolla enseguida con la cadera. ¿Cómo representar el gesto de ese tipo?, quien ahora le advierte: “Rino, no mames, estoy defendiendo bien plantado, eso es faul ofensivo”. “Ah, vete a la verga, chaparro, pensé que no estaba jugando con muñecas.”

Rino afirma que Chaparro ha pisado fuera mientras ambos peleaban el rebote. “¿Ves, gordo? Marcas lo que te conviene.” “No es mi culpa que te queden grandes los tenis”, dice riéndose. Enseguida, olfatea sarcástico: “Ay, cabrones, le están pegando duro al petate, móchense con la mota”. El humo llega a todos quienes estamos sentados alrededor de la cancha. Incluso, escurre por la nariz de un policía que, radio en mano, avanza sin mirar a los jugadores que, por allá, se han dado este descanso. Numerosas canchas de la ciudad tienen un toque festivo idéntico. De día o de noche, especialmente el fin de semana, los jugadores fuman cigarros entre partido y partido, beben chela o arman la fiesta posterior. La cáscara nunca ha pretendido imitar el puritanismo olímpico.

¿Cómo describir Cañitas y sus tableros de acrílico y aros retráctiles, y a ese hombre nervudo que corre botando la pelota y rebasa a dos contrincantes, y que deja al final la bola en el aro, casi hipnotizándola? Su tercia va ganando y el hombre alaba su arte, aplaudiendo. ¿Cómo explicar que la tercia es la mejor forma de jugar este deporte, porque recorres sólo la mitad de la cancha y la energía se concentra en los movimientos necesarios para desencadenar el enceste?

¿Cómo hablar de que, a pesar de lo que veo, se ha perdido la inspiración para practicar este deporte? La televisión abierta ya no transmite baloncesto, ni existen en la NBA figuras como Michael Jordan que inciten a salir corriendo al deportivo de la colonia para imitar sus tiros, como otros lo hiciéramos en los noventa. ¿Cómo hablo de que durante seis años (2006-2012) el DF no ha tenido un equipo representativo digno en la Liga Nacional de Baloncesto Profesional, debido al desinterés que cunde entre los promotores capitalinos? ¿Cómo explico aquí que soy un fantasma aliado de otro? De un deporte que pareciera muerto desde que llegase el futbol con su artillería propagandística a ocupar nuestras canchas comunitarias y televisores. Todos halagan la medalla futbolera conseguida en el 2012, y nadie recuerda que México fue bronce en baloncesto en Berlín 1936. ¿Qué ha pasado? ¿Lo digo o no?

Mientras, las retas en Cañitas y la música del rapero K-Os saliendo de la grabadora, allá donde algunos chicos bailan breakdance y otro gira alrededor con su bici tuneada, siguen. ¿Cómo reproducir la voz de los veteranos que juegan desde temprano en el deportivo San Antonio, célebre por sus frontones y apuestas en la baraja española? ¿Cómo explicar que aquí los tableros son de lámina y los árboles frondosos refrescan las bancas a los costados? Este sábado, los hombres van sin playera, luciendo su enorme panza. O beben cerveza para enseguida echar la reta. Son desinhibidos porque no hay mujeres por ningún lado. Don Javier viste pantalón de gabardina, camiseta polo y tenis Nike Foamposite tornasoles que le vienen grandes y exageradamente juveniles. Le pregunto qué días retan. “Martes y jueves por tarde, señor, y sábados y domingos todo el día.” “Oiga, ¿por qué no hay chavas ni señoras acá?”. “Ay, señor, si estamos bien a gusto así, tomando cervecita y echando la reta, para qué queremos nalga en nuestro día de descanso”, dice, y hunde los dedos en una granada china, cuyos gajos sorbe tranquilo. Su argumento me persuade porque entiendo la importancia de mantener un espacio íntimo, para los camaradas. Dentro de la cancha, los hombres se golpean innecesariamente. No cuentan violas ni faltas: sólo importa meter la bola en el aro. Allá, en la otra mitad de la cancha, un tipo tatuado desde las muñecas hasta los hombros bota el balón torpemente. Ha tomado demasiadas cervezas. Su camiseta de tirantes con el número 23 en la espalda me llama la atención. Entre el resto de los jugadores, cuento ocho camisetas con el mismo número. Jordan sigue siendo el ídolo de muchos. “Nos vemos luego, señor, buena tarde, ya ando un poquito pedo”, me interrumpe don Javier con una voz amable y, aunque va tambaleándose, reparte apretones de mano a cada uno de los otros hombres, que se empinan ya otra cerveza.

¿Cómo explicar que la realidad nunca es como la recordamos? Hace calor y un tipo con la Santa Muerte tatuada en el hombro ejercita bíceps en el gimnasio al aire libre, por allá. Tiene el párpado derecho inflamado, cubierto con pomada. Sus músculos brillan bajo el sol. Es medio día y no hay nadie en la cancha. Cuando era niño se contaban muchas historias sobre el Gómez Farías. Las principales eran de violaciones y asaltos en los límites del deportivo, donde comienza la barranca tupida de coloridas casuchas, y cuya marginalidad ha sido retratada, incluso, en documentales cinematográficos. Yo nunca vi nada. Venía aquí a los 15 o 16 años y me sentaba en esta misma banca a ver los partidos de Braulio o el Paisa. Tipos poderosos y violentos bajo la tabla. Recuerdo algunas veces haber mordido el polvo después de que el hombro del Paisa impactara mis clavículas. Tirado, aún puedo ver las agujetas de sus Panam blancos diciéndome: “Estás morro”. El baloncesto callejero requiere rudeza y maña para dominarlo. He visto a jugadores con técnica fina abandonar las tercias a medio partido, porque no soportan la retahíla de faltas. Creo que su carácter ilícito hace más divertida una cáscara que un partido oficial.

Recordaba diferente este sitio. No había tipos bebiendo aguardiente, recargados en la malla ciclónica del campo de futbol inmediato ni escombros por doquier, como ahora. Quizá siempre fue así y el tiempo ha endulzado la realidad. Richard Ford dice en El periodista deportivo que sobrevaloramos el pasado porque las primeras experiencias no tienen contraste con ninguna otra; por lo tanto, nos parecen excepcionales y bellas, pero su idolatría suele aprisionarnos en la nostalgia, limitando nuestro desarrollo.

El tipo de la Santa Muerte se acerca, parece una pantera acechando bajo el calor. “¿Tienes cerillos?”. Le arrimo fuego a su Delicado. “¿Oye, qué te pasó?”, le pregunto. Su párpado y pómulo inflamados están a punto de expulsar pus. “Qué, ¿nunca te han roto la madre?”.

¿Describir el deportivo Plateros y sus columnas de granito rosa y sus tableros verdes? ¿Cómo? ¿Recontar esa época en que los domingos llegaba en la mañana y me iba a las tres o cuatro de la tarde, con la frente quemada y los brazos ardiendo de sol y manotazos? ¿Que jugué aquí antes de ir a echarme unas cervezas, ya cuando mi gusto por este deporte abarcó también tertulias posteriores con los camaradas, frente a la mesa de dominó, en algún departamentito de la unidad? ¿Y que aquí jugué bajo la lluvia y derrapé sobre su concreto; que en estas canchas aprendí a meter el hombro para arrebatar el balón y a empujar con la cadera, bajo la tabla, para conseguir los rebotes; que mis primeros artejos inflamados se los debo a los balones que los jugadores mayores me arrojaban con fuerza, cuando yo tenía 12 años? ¿Recontar?

¿Cómo describo la cancha ubicada a unos pasos del Metro Potrero? El lugar donde tres chicos driblan o encestan persiguiendo la pelota en completa oscuridad, porque las lámparas están inservibles. “Llevamos así un mes, pero antes la cancha estaba chida”, dice uno, con camiseta verde, sin mangas, y enormes bermudas negras, que realiza un tiro con técnica fina y el balón entra sin rozar el aro. O eso creo. “Pero no importa, nosotros jugamos con radar, ¿no?”, le dice a otro de camiseta azul, que ha abandonado su bolso deportivo bajo el tablero y da saltos cortos, calentando. Al final, llega un chico más, camiseta roja, también alto, y se trenzan en un 21 de 3: gana quien anote primero 21 puntos siempre y cuando venza en cada jugada a los otros dos, que lo esperan en la pintura. Sus movimientos se iluminan con los faros que poco a poco surgen de la terminal de microbuses aledaña. Son muy rápidos. Sus paradas en un tiempo sugieren la tutela de algún entrenador. Me recuerdan una banda musical que toca sus instrumentos sin necesidad de ver las cuerdas.

Entonces, ¿cómo decir que cierro los ojos para escuchar la canción que interpretan sus suelas pisando el concreto y los balones golpeando la tabla, perdiéndose en el silencio para enseguida avivar una carcajada que festeja otro enceste?

¿Cómo describir el aire frío chocando contra mi camiseta sudorosa, una vez que acelero en la última jugada y boto el balón entre las piernas, una, dos veces, y burlo a los defensas, que prácticamente me fotografían cuando dejo la pelota en el aro y…? Oh, señores, ¡buena bola! F

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