Merolico
Merolico. En la Basílica de Guadalupe —La Villa— hay un merolico. Merolico de día, merolico de noche. Merolico los lunes y hasta los domingos merolico. Merolico por circunstancia, más que por profesión. Ranulfo relata historias o las canta cuando está de buen humor: las más convincentes, las más necesarias, ésas que dan escalofrío porque la culpa se agolpa. Historias que tienen que provocar que la mano de los peregrinos —esporádicos, constantes o frecuentes— entre a los bolsillos, a la bolsa, al monedero para encontrar el suficiente peso para comprar. La compra, lo único que busca Ranuflo de los ojos acongojados de la Basílica. Escapulario chico, mediano o grande, Virgen de Guadalupe con foquitos o sin ellos, Jesucristo de fibra de vidrio, taza con la imagen de Juan Diego en colores brillantes, casi fosforescentes, el anillo de latón, la medalla de casi plata. La compra es lo que pide Ranulfo en su altavoz, por eso sus historias: “se murió embarazada por resbalosa, su madre vino aquí y le llevó la Virgen a su tumba para su perdón”; “era padre de cuatro y se tiró a la botella, su familia lo abandonó, ahora lleva un escapulario para que la Virgen le recuerde que nunca más debe tomar”; “trabajaba en un banco y se robó la caja fuerte, la policía lo encontró: su hermana le llevó la imagen de la Virgen para sentirse menos solo”. Una tras otra, tragedias hilvanadas entre la ficción, la televisión y los relatos que se oyen en la Plaza Mariana. Merolico de día y merolico de noche. Merolico por circunstancia desde los diez años cuando su familia lo dejó. Lo dejó o lo olvidó o lo perdió. Ranulfo ruletea esos verbos en la cabeza: hay días de abandono, hay días de frustración, hay días de coraje, hay días que le da por la esperanza. Porque un día, que era 12, que era diciembre, Ranulfo conoció La Villa. Madrugada de él a los ocho años y de su madre, su hermana, su abuela y su tío en peregrinación desde Guerrero hasta allá. Y allá se le soltó la mano —la de su madre—, luego ya no encontró las enaguas de la abuela, ni los zapatos de plástico de su hermana y el pantalón del tío se perdió. Ranulfo se quedó varado, pies anclados en la plaza esperando el reacomodo de olas de cinco millones de personas. No hubo enaguas, no hubo mano, ya jamás regresó el pantalón del tío. Ranulfo lloró, gritó, pataleó. Una señora, madre de otros, entendió la furia del niño. Lo llevó a la carpa de las cosas perdidas y nadie lo encontró. Protección Civil esperó a que regresaran por él, y nadie lo encontró. Un año, otro, otro más: el niño Ranulfo se hizo frecuente de la Basílica, habitante después, personaje inconfundible más al rato. Encontró trabajo como chillador, como el merolico que recoge historias y las vomita después para generar la compra. Un chillador que lleva 22 años apostando por un 12 de diciembre: aquél que le traiga a su madre, que delineé a su hermana, sostenga a su tío y, por lo menos, recuerde a su abuela. Ranulfo es merolico de la Basílica de Guadalupe, los es por circunstancia más que por profesión.
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