Persiana americana
Todo se ve. Desde el quinto piso de Amatlán 108 a la sala de Atlixco 97, todo se ve. Desde el ventanal de La morena 298 a la azotea de San Antonio 16. Del baño de Hegel 14 a la pastelería de Campos Elíseos 780. Todo se ve. Robert lo supo cuando llegó a la ciudad: cuatro días lejos de Nueva York para enseñarle a mexicanos cómo era eso de contar historias, un taller de guionismo y narrativa. Robert tuvo su primera estancia en la calle de Durango, un hotel casona de ventanas hacia la calle. Tras los marcos, historias: en la oficina de la galería, el aprendiz menor de edad enamorado del dueño mayor de edad; en la cocina del primer piso de enfrente, una madre policía haciendo chilaquiles para tres niños; en la bodega trasera del banco, el bolero haciendo negocios con el del valet parking; y enfrente, en el cuarto piso una bailarina simulaba felicidad con un ingeniero. De ventana a ventana, todo se ve. Por eso Robert no necesitó salir de su cuarto, no quiso recorrer el centro histórico ni pasear por Coyoacán. Desde de la ventana conoció la ciudad. Movió el escritorio, sacó la pluma, convirtió los berrinches de la bailarina en un guión para televisión y con el resto hizo ejemplos de historias para su nuevo taller. Todo se ve. La mañana que Alejandro subió el nuevo refrigerador que no le cupo en el espacio pensado. Un sexto piso donde se imparten clases de acrobacia, terapia de grupo y repostería mexicana sin permiso pero con mucho éxito. Un tercero, de cortinas cerradas, en donde cada noche llega el esposo borracho con la esposa borracha que llama al policía que los otros vecinos exigen y critican. La casa apagada que sólo se prende de madrugada con un altar de velas frente a una cama vacía. Dos artistas de ojos rasgados suenan sus latas de laca para amanecer una nueva obra. Todo se ve. El hoyo que se convirtió en campamento, luego en varillas, en paredes, escaleras, techos, segundos pisos y cuatro departamentos después. Se ve la mansión sospechosa donde sólo entran y salen hombres cuando nadie los ve, misma mansión que otro día se abrió para ventilar corrupción e impunidad, una mujer secuestrada y dos jóvenes aprehendidos. Robert pide que sea México la próxima parada para impartir sus clases. Lo hace cada tres meses, antes si hay un guión que entregar, una película que presentar, un proyecto de televisión que vender. Y en cada vuelta a la ciudad, Robert cambia de barrio, elige otra ventana, se asoma a otra cuadra, otro marco es el que ve. De Amatlán 108 hasta Atlixco 97, todo se ve.
















