Pedro Reyes: Rompecabezas

16 04 2012 19:00
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Darian Leader en exclusiva Darian Leader en exclusiva

Entrevista con el autor que quiere volver a poner de moda a Freud. Soledad, depresión, tiempos modernos y la psiquiatría como mercado. La depresión es una de las enfermedades más acendradas en la cultura occidental moderna. No son pocos los pensadores que sostienen que la actual crisis es lo mismo económica y social como lo [...]

El verano de Frente El verano de Frente

Después de haberles compartido un poco de los primeros doce Versus del año, aquí les presentamos una recopilación de citas de mexicanos y extranjeros con respecto a su trabajo, percepción de las cosas y opinión sobre nuestra ciudad y al país en general. Las entrevistas completas fueron publicadas entre mediados de junio y principios de [...]

Biblioteca Vasconcelos: Construir Lectores Biblioteca Vasconcelos: Construir Lectores

Por: Luli Serrano Eguiluz Las mañanas de los últimos días de enero no son particularmente acogedoras. El viento gélido —tanto como nos parece a los capitalinos, acostumbrados al benévolo termómetro de los 18 grados permanentes— se presenta en tiempo y forma que parece extemporáneo. Cruzar la calle de la estación del Metrobús hacia la biblioteca [...]

Rockabilly: Radiografía de un copete Rockabilly: Radiografía de un copete

Por Luli Serrano Eguiluz Rockabilly es una palabra que nace a través de un portmanteau. Dos voces separadas se unen y forman una distinta. Rock + Hillbilly = Rockabilly. A partir de su nacimiento, a principios de los cincuenta, el género se nutre del swing, el boogie woogie y el rhythm and blues, agrupándose principalmente [...]

Una audiencia con Moz Una audiencia con Moz

Es noviembre de 2006. “Me puedes decir Morrissey, Moz, Sir o incluso Esteban, pero nunca Steven”. Frente a mi está Steven Patrick Morrissey, a quien le acabo de preguntar cómo debe uno dirigirse a él. Estoy a punto de entrevistarlo y sí, estoy nervioso. Lo que me tiene así no es ni su fama ni [...]

Letras

Literatura de izquierda

El argentino Damián Tabarovsky es un autor incómodo que incomoda. Incomoda las convenciones porque vive en las grietas que provocan las fisuras de su pensamiento. Contestatario y contracorriente con las normas de lo que en su libro se consigna como un Nuevo Orden Literario, ha buscado una vida en los márgenes que lo han llevado a la publicación, a la edición en dos proyectos literarios atrevidos, arriesgados y de calidad como Interzona y Mardulce, y a la traducción de autores vanguardistas. Literatura de izquierda es su más reciente proyecto y el autor lo presenta y lo explica así: “Me gusta una frase de Barthes: `Loco no puedo, cuerdo no querría, sólo soy siendo neurótico”. ¿A qué viene esto? No lo sé. Sé en cambio que ningún autor debe aspirar a ver su libro saldado, pero todo buen escritor debería desear encontrar, años después, su libro en una buena librería de viejo. Podría decirse que ese es mi criterio de éxito literario: ni la fama ni los premios ni ser traducido. Nada de eso. Tan sólo aspirar a la eternidad transitoria de un anaquel en una buena librería de viejo.

Damián Tabarovsky

“Escribí varias novelas, demasiadas quizás. Y también escribí un libro de ensayos —el único por ahora— llamado Literatura de izquierda. Pasé años pensando en que alguien debería escribir ese libro, pero no sucedió. Hubiera sido bueno para mí, menos disgustos (una vez un escritor me insultó en el Metro). Lo escribí yo, finalmente. Y ahí va. El malentendido como materia de exportación. Además, tengo dos hijos, a los que me esfuerzo en no avergonzar demasiado”.

Presentamos para los lectores de Frente un fragmento del más reciente libro de Tabarovsky, publicado por Tumbona Ediciones en su colección Derivas.

 Mientras que el mercado y la academia escriben en favor de sus convenciones, la literatura que me interesa —la literatura de izquierda— sospecha de toda convención, incluidas las propias. No busca inaugurar un nuevo paradigma, sino poner en cuestión la idea misma de éste, la idea misma de orden literario, cualquiera que éste sea. Es una literatura que escribe siempre pensando en el afuera, pero en un afuera que no es real; ese afuera no es el público, la crítica, la circulación, la posteridad, la tesis de doctorado, la sociología de la recepción, la contratapa, la palmadita en el hombro. Ese afuera ni siquiera es la tradición, la angustia de las influencias, otros libros. No. Ese afuera convencional está vedado para la literatura de izquierda, porque está escrita por el escritor sin público, por el que escribe para nadie, en nombre de nadie, sin otra red que el deseo loco de la novedad. Esa literatura no se dirige al público: se dirige al lenguaje. No se trata de la oposición novela de trama vs. novela de lenguaje —que es como decir: la oposición mercado vs. academia—, sino que es mucho más ambiciosa: apunta a la trama para narrar su descomposición, para poner el sentido en suspenso; apunta al lenguaje para perforarlo, para buscar ese afuera —el afuera del lenguaje— que nunca llega, que siempre se posterga, se disgrega (la literatura como forma de digresión), ese afuera, o quizás ese adentro inalcanzable: la metáfora del buceo (la invención de una lengua dentro de la lengua); ya no el buceo como búsqueda de la palabra justa, bella, precisa (el coral iluminado bajo el agua), sino como el momento en que la caza submarina se extravía y se convierte en chapa, ácido, vidrio molido, coral de vidrio molido (la exploración de un barco hundido).

Si la literatura no se las ve con el lenguaje, entonces es cierto: no le cabe otro lugar que la academia o el mercado.

Hace décadas, Barthes planteó el problema. Cito un largo párrafo: “En la lengua, servilismo y poder se confunden de manera ineluctable. Si se llama libertad no sólo a la capacidad de sustraerse al poder, sino también y sobre todo a la de no someter a nadie, entonces no puede haber libertad fuera del lenguaje. Desgraciadamente el lenguaje humano no tiene exterior: es un a puertas cerradas. Sólo se puede salir de él al precio de lo imposible: por la singularidad mística [...]; o también por el amén nietzscheano, que es como una sacudida jubilosa asestada al servilismo de la lengua [...] Pero a nosotros, que no somos ni caballeros de la fe ni superhombres, sólo nos resta, si así puedo decirlo, hacer trampa con la lengua, hacerle trampa a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo: literatura”.

La definición de Barthes es impecable. Pero insuficiente o acaso incompleta. Incompleta en la Argentina de la década del 2000. Porque ese lugar en el que según Barthes se escribe y se inscribe la literatura es “el esplendor de la revolución permanente”, esplendor que en el gauchisme de los setenta (la Lección inaugural es del año 77) radicaliza la herencia del 68. Pero aquí, ahora, entre nosotros, ¿a qué remite ese esplendor? ¿Nos informa sobre el avenir? ¿Ubica a la literatura en el plano del futuro? ¿Estaría sugiriendo Barthes que toda literatura es literatura del futuro?

Barthes plantea correctamente el problema general: cuando la literatura no se sustrae a la hegemonía del lenguaje, no lo enfrenta, ni lo trampea, entonces no es más que mera reproducción lingüística del poder. Así se escribe en el mercado y en la academia. Pero para ir más lejos es necesario hacer un ejercicio de interpretación fuerte, una traducción profunda del enunciado de Barthes a nuestro aquí y ahora.

Ese lugar en el que se escribe y se inscribe la literatura de izquierda, ese otro lugar que no es la academia ni el mercado, no existe. O mejor dicho: existe, pero no es visible, ni nunca lo será. Instalado en la pura negatividad, la visibilidad es su atributo ausente. Fuera del mercado, lejos de la academia, en otro mundo, el del buceo del lenguaje, en su balbuceo, se instituye una comunidad imaginaria, una comunidad negativa, la comunidad inoperante de la literatura.

Una comunidad, sí, pero inoperante: una comunidad en la que el inacabamiento es su principio, pero tomado como término activo, designando no la insuficiencia o la falta, sino el tránsito ininterrumpido de las rupturas singulares. En esta línea, cada escritor inaugura una comunidad. Pero este gesto inaugural no funda nada, no conlleva ningún establecimiento, no administra ningún intercambio; ninguna historia de la comunidad se engendra allí. Se inaugura como interrupción. Pero, al mismo tiempo, la interrupción compromete a no anular su gesto, a recomenzarlo otra vez.

La comunidad invisible donde se escribe y se inscribe la literatura de izquierda, la comunidad literaria que se instituye de manera imaginaria, pertenece a la tradición del don; pero no del don supuesto como un intercambio de intereses, como la economía política de la dación; tampoco a la tradición vanguardista del don como potlatch, como liberador de energías reprimidas; la comunidad inoperante, tal como quisiera traducirla aquí y ahora, va más allá de la lógica de la vanguardia histórica: supone al don de la literatura como una interrupción, como la interrupción de su propio mito, como la puesta en cuestión recursiva de su propio deseo; lo que viene a donar la literatura es su propia inoperancia, su incapacidad para convertirse en mercancía (como la produce el mercado) y su resistencia a transformarse en obra (como la supone la academia); escapa al plano de la eficiencia y de la plenitud (el campo del mercado), pero también se sustrae al de la codificación (la academia); la comunidad inoperante supone la institución literaria del avenir entendido como demora, como suspenso, como el paso más allá; su existencia no necesita de pruebas (como sí las necesitan el mercado y la academia: números, citas, coloquios, ejemplos); en esa comunidad negativa la lectura no se impone bajo el modo de la distribución (como en el mercado), ni en el de la circulación (como en la academia); sino como la generalidad imaginaria de la particularidad. Se expresa como indeterminación. Quien pertenece a la literatura de la comunidad inoperante, integra la comunidad de los que no tienen comunidad.

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